Después de una semana por el País Vasco uno no sabe si lo que rezumamos por nuestros poros nace de la curiosidad de conocer el euskera o si es el propio txakoli el que sale de nosotros en forma de risas y emociones. Nos hemos transformado. Si uno piensa en la gente de Andalucía y le preguntan por su antagonista dentro de las fronteras de la península ibérica seguramente señale a la región con capital en Vitoria como extremos opuestos. Que también se tocan, pensándolo bien, pues en infinidad de ocasiones a ninguno de los dos se nos entiende cuando hablamos. Cuatro amigos nos adentramos en la idea de irnos a la otra punta del país para empaparnos de sus costumbres y casi siempre también fueron cuatro los txakolis que nos pedimos en cada bar (a veces tres con un agua con gas). Jamás llegamos a imaginar la unión que saldría entre nosotros y este jugo de uva (muy bien) exprimido.
Sería muy fácil empezar por eso, los bares, para definir lo
que han sido estos siete días de carretera, pintxos y mucha caminata. Y lo
haré, aunque un poquito más adelante, porque antes siento que debo un
gigantesco agradecimiento a Gema, Antonio y Marta por la labor de no sólo hacer
frente a horas recorriendo kilómetros uno detrás de otro, sino hacerlo con un
acompañante como yo, que lo mismo se convierte en un ser insoportable como una
máquina de hacer chistes malos (también insoportable) como un ser inerte a punto de echar la pota con la bolsa de plástico en la mano. A
veces, incluso, en un sendero de curvas como bien comprenderá Gema. Lo cierto
es que ni siquiera la previsión de lluvia durante cinco de los siete días que íbamos
a estar por allá nos hizo perder el ánimo. La playa no era nuestro objetivo, a
pesar de que todos llevábamos al menos un par de bañadores y una toalla, sino
un extra. Lo normal era utilizar la crema sólo para no quemarnos el cogote por
andar y no por tomar el sol, algo que conseguimos. Lo primero, claro está. Así
que las nubes que veíamos en el horizonte no era nada que pudiera perturbar el
estado zen que nos sumía y que explotó poco antes de llegar a Ochandiano (Vizcaya)
camino de Bilbao, donde nos detuvimos a comer mientras ya estábamos flipando
con los paisajes de lagos rodeados de verdes brillantes y Naturaleza pura,
alejada de la mano del hombre. Como si allí nada estuviera contaminado. A los
cinco minutos de pisar el pueblo ya estábamos haciendo una fotografía con una ikurriña. Así somos.
Nuestro primer contacto fue progresivo, sin empaparnos de golpe por si salíamos por patas. Aun así, no había vuelta atrás,
habíamos quedado para quedarnos y aquello quedó plasmado en cuanto pisamos
Bilbao, una ciudad algo enrevesada, a decir verdad, para llegar en coche. Entre
Hogwarts y Génova no sabría decir a cuál se parece más si por sus pasadizos
secretos o por sus diferentes alturas. Encontrar el alojamiento, cerca del
centro, fue bastante divertido: a veces había caídas de montaña rusa entre sus
calzadas. Una vez instalados y el coche aparcado, para así aplacar los nervios de
Marta, nos dirigimos a una de las tres paradas indispensables en un viaje con
Antonio: el café. Las otras dos eran hacer un pis y comer un helado. Podríamos
sumar una cuarta, justo al lado del Guggenheim, que era saludar a Puppy con una
fotografía cada vez que pasábamos a su lado. Una vez faltamos a la tradición en
busca de un pintxo que creíamos perdido Marta y yo, pero un semáforo en rojo en
un paso de peatones detuvo nuestra huida. Aquel paseo por el casco céntrico de
Bilbao nos enseñó que sus edificios o son nuevos o antiguos, lo que permite una
atmósfera con alto contraste para quien la visita. A un lado y al otro de la
ría conviven distintas arquitecturas que le dan un atractivo singular. Aquí es
cuando vuelvo a incluir que un cielo encapotado nos dio la bienvenida con un
clima muy alejado de Jaén: la normalidad de pasear en verano sin acabar
empapado en sudor. La brisa que paseaba a los costados de la ría fue un milagro
del que sólo desprendíamos palabras de agradecimiento eterno. No creíamos que
eso fuera posible a la vez que andábamos cortos en mangas y pantalones. Una
bendición.
El siguiente paso era conocer otros manjares que prometían
de la capital de Vizcaya un atractivo turístico gastronómico, es decir, los
pintxos. Y con ello, la primera lección que el txacoli nos mostró: bizkaino o
guipuzcoano. No son lo mismo, habrá que especificarlo. Sin verlo venir, el
primer bar que visitamos nos ofreció la posibilidad de conocer a un dueño
pintoresco que sin conocernos nos advirtió de una frase que jamás olvidaremos: “Nos vamos a ver mucho por aquí”. Fue la primera de las dos visitas
que le hicimos a Jose esa primera noche de lunes. Sólo nos tomamos una,
haciendo caso omiso de sus indicaciones de que casi nada estaba abierto, así
que tuvimos que volver después de tomarnos otra rápida y darle la razón a él.
Desde entonces, le visitábamos cada día, no por obligación, sino por ganas. Nos
tenía reservadas tantas sorpresas de comida como obsequio detrás de ese “Quillo,
toma esto” que no fuimos capaces de decirle en ningún momento que el “quillo”
no se dice en Jaén. Fuimos unos vendidos por tal de comer gratis. Gema,
mientras tanto, nos solventaba cualquier duda que tuviéramos en
referencia a la comida. Yo no tenía ni idea de lo que eran varias de las
preparaciones que existían en muchos pintxos y le preguntaba a ella, aunque he
de decir que mi mayor aportación fue descubrirles qué era el txaka. A Marta le
encantó. Así que, con un poco de salero andaluz e hipocresía (andaluza, por
supuesto) conseguíamos desayunarnos unos buenos sándwiches rellenos que nos
alegraban la vuelta al piso del entrenamiento matutino siguiendo la ría. Bilbao
nos enseñó que sus gentes son tan agradables que fuimos despegando el tópico
perpetuado de su antipatía. Hasta que llegamos a San Sebastián, como mínimo.
En Bilbao dedicamos otra jornada a conocer su centro
gastronómico y casi nos quedamos allí en vistas de que empezamos a conocer a un tal Marianito hasta que terminamos llamándolo Martiwinky. Una persona muy
profunda que nos presentó Aitor, otro compañero camarero que se convirtió en amigo
a los tres minutos de servirnos. Os juro —y esto es algo que pueden corroborar Gema,
Marta y Antonio— que jamás dimos el primer paso con nadie a la hora de mostrar
el origen de nuestro acento y que fuimos diana de preguntas de aquellos que
notaban una dicción sureña. Incluso para aquella mujer que vimos en Zumaia y nacida
en Guinea Ecuatorial que creíamos ciudadana suiza y que en realidad residía en
Austria porque quería visitar el origen de su padre, vasco, tras darla luz a
ella su madre pamplonica. No atinó nuestra procedencia, pero sí que ella había
estado en Extremadura, y lo decía sin mover una mueca de su rostro mientras nos
mojábamos los pies en la playa de Itzurun a la vista de los Flysch. Marta aguantó
estoicamente esa declaración lapidaria sin reírse y la apuntamos como una más
de las personas que nos interpeló (siempre amablemente) por no ser de la zona.
Aitor, por supuesto, también lo hizo, y de ahí brotó una efímera amistad que
todos agradecimos. Si hay que pagar caro, mejor hacerlo con una sonrisa y con la
satisfacción de que el trato ha sido exquisito. Gracias a Jose y Aitor, por
siempre.
Nos dio tiempo a visitar el puente transbordador que une
Portugalete y Getxo, una experiencia curiosa, y a asustarnos por si acaso Gema
se tropezaba. O a mí me daba un ataque de vértigo. Cada uno tiene que fluir con
lo suyo. Antonio, que ya había estado por allá, nos guio hacia una preciosa
estampa desde el espigón Evaristo de Churruca. Quedamos prendados de una
tranquilidad tan atractiva que sólo ocurre en vacaciones, cuando tan pocas
veces nos atrapa la preocupación que podemos pararnos a fijarnos en los
pequeños detalles de no hacer nada en compañía. Es uno de esos placeres que
con dificultad se personan en el estrés del día a día y que debemos valorar en su
justa medida. Hablar sin prisa, paladear el momento y, si es posible, comprar
otro helado. Llevábamos sólo un par de días por allí y ya mereció la pena esos
momentillos. Y esa noche fuimos a comer a un japonés, por qué no. Tampoco vamos
a respirar Euskadi tanto tiempo seguido.
La siguiente jornada fue importante, estaba marcado en rojo
en el calendario. Íbamos a visitar Rocadragón (escenario de Juego de tronos) en San Juan de
Gaztugu…, Gatelux…, Gazetlag…, en San Juan. Las más de 200 escaleras no fueron
nada en comparación con la caminata (otra más) superior a una hora que nos capitaneó
Imanol junto con otro grupo de visitantes —algunos de ellos chinos y ávidos de
fotos desde cualquier matorral— y que nos llevó por los terrenos más
embarrados. Así nos pudimos sentir full HD como uno de los personajes de la
serie. Mereció la pena cada uno de los pasos que dimos hacia un punto único y
específico. Escenarios de tal calibre sólo pueden responder al capricho de la
Tierra, autora de algún asombro digno de fotografiarse.
Este paseo nos abrió el apetito hacia otros destinos
cercanos como Bermeo, Mundaca o Guernica. Muchos de ellos respiraron una
atmósfera común, la de la sociedad vasca. Mayor mención a las causas políticas
y a la unión por el pueblo palestino, con varias banderas adornando sus
fachadas. Comentamos que desde otras partes de España envidiábamos la capacidad
de resistencia y su activismo, sin entrar a valorar su idoneidad. Reman juntos
hacia un objetivo que en infinidad de ocasiones consiguen por la lucha
colectiva. Eso es algo que conocimos al día siguiente en Lequeitio, con un montón de menciones en ese mismo sentido. Preciosas estampas y personalidades
arraigadas fuertemente. Los lazos de los que están hechos estas personas suelen
ser tan firmes como el acero. Eso es algo que nos enseñó una de nuestras salvadoras
en Bermeo. La mujer que alivió a Marta con las pulseras del compromiso (que no
de la amistad) nos recitó tal discurso que recibimos la puñalada de seis euros
por pulsera con gusto. A saber qué habría pasado si la rechazamos después del
mitin. Aquello fue justo antes de llegar al faro tras recorrer un espigón
larguísimo en el que casi nos fallan las piernas a Marta y a mí. Nos fuimos
agarrando al bloque de hormigón como si un resbalón nos hiciera caer por un
precipicio sin final conocido. Sobrevivimos, seguramente por las nuevas
pulseras.
Fue la segunda vez de la jornada que temimos por nuestra integridad, a
riesgo de parraque. La primera fue unas horas antes, cuando sin saber dónde
poner el mantel y cubiertos llegamos a un restaurante precioso llamado Almiketxu.
Miramos la carta y dijimos: “Barato no es”. Ante la premura de alimentarse y la
cara que teníamos, pagamos la turistada y comimos espectacularmente. Vistas y
enclave geniales, a pesar de que el servicio nos hizo pagar sus desaires. Fue
uno de esos momentos en los que te cabreas al principio y conforme va pasando
el tiempo se va diluyendo hasta tomar forma de anécdota y risas. No queda otra
que tomárnoslo así. Eso sí, el sustito de la cuenta final no nos lo quita
nadie. Je, je, je.
La última mañana que amanecimos en Bilbao nos dirigimos a
Lequeitio y nos adentramos en el castillo de Arteaga con la simple intención de
no ir directos a otro lugar. Nos dimos una vuelta por sus jardines para seguir
creando fotografías por medio de la IA y dejarme con más napia de la que ya
disfruto. La ruta hasta el pueblo consistió más en que nos cogieran el teléfono
para reservar que en otra cosa, aunque no fue el único obstáculo que hallamos
si pensamos en lo difícil que lo pusieron para aparcar en ese pueblo. Nos lo
cruzamos enterito para ver uno y poder andar con tranquilidad. Eso sí, la
caminata mereció la pena tanto por la comida, a pesar de que yo provocara el suicidio
de una botella de txacoli (lo siento, Gema), como por el servicio. Me consta
que al menos tres de los comensales recibieron gustosamente cada palabra del
camarero. Otra vuelta más por sus calles reivindicativas hasta arribar a uno de
los destinos más especiales de todo el trayecto. Sin saberlo, nos adentramos en
una tarde tremendamente enriquecedora para todos, también para Pello, el padre
de la encargada del espectacular caserío, Haizea, que por circunstancias tuvo
que atendernos de forma tan amable como divertida. Hizo el esfuerzo de corresponder nuestras necesidades de líquidos durante un buen rato y de hasta encargarnos la
cena antes de la llegada de su hija. Allí nos encontramos con dos perros tan
fuertes como cariñosos, novios, cuya presencia nos amenizó de tal forma el
asunto que casi no se notó la llegada del verdadero barman, Markel, un chaval
que lo mismo desbroza el bosque que te sirve un pacharán. Un auténtico
referente al igual que Xe, el cocinero que nos trató con tanta dulzura que
nuestra petición de “cena ligera” la entendió a la perfección para darnos justamente
lo que queríamos. La velada de esa noche fue maravillosa, con una postcena
cargada de anécdotas, conocimientos y Pello cogido de mi brazo.
Con tremenda tristeza tuvimos que abandonar ese barco del
que con toda seguridad queremos volver en el futuro y resolver algunos de los
misterios que allí ocurrieron. Los vascos seguían siendo gente muy amable y acogedora,
cada vez contra menos pronósticos. Con el coche enfilado a San Sebastián
visualizábamos el último destino de la programación y lo hicimos bordeando la
costa hacia preciosos recovecos (sin bajarnos) como Orio o Zarauz, cuyas
postales fueron digeridas con gran clamor. También con relatos de asesinos en serie remotos a modo de podcast. Eso sí, al llegar a la capital de Guipúzcoa,
después de lo visto, también comprobamos las camas menos cómodas en una residencia
universitaria. El choque fue tan brutal que ahondó en nuestra crisis, sumado a que
mi ropa sudada impregnaba la habitación por desgracia para todos. Ante ese
inicio, lo demás sólo podía ir a mejor. Visitamos un día después todo lo que es
la Donosti paisajística, la que va desde el Peine de los Vientos, en la playa
de Ondarreta, hasta el paseo marítimo de la Concha con culmen en la ría. Nos
dio tiempo, como casi en cada parada, de conocer los típicos pintxos del lugar,
aunque en esta ocasión estaban aderezados con pocas sonrisas y mucha más
sequedad. Será cosa de San Sebastián o de tener nosotros mala suerte en este
sentido, pero lo cierto es que el turismo en esta ciudad empujaba la naturalidad
hacia otro rincón que no habíamos visto hasta el momento. Eso sí, nosotros
actuamos normal, pues quizá lo extraordinario es lo que vivimos con
anterioridad. Volvimos a volcar risas, a comer dulces y a comprar txakolis,
esta vez para nuestros familiares, que bien merecen estos tragos por
aguantarnos el resto del año. Con la última cena en un excelente dominicano
(por eso de que no era guipuzcoano) culminamos las últimas horas por Euskadi.
Hondarribia lo dejamos para otro momento a riesgo de que nos
tachen de apartar lo mejor sin ver, pero el cansancio acumulado en piernas y
mente fue excesivo para continuar la carretera. Pasados unos días es imposible
no poner una chincheta que resuma estos días. No ya en el corcho, sino en el
corazón de cada uno de nosotros por conocernos, ayudarnos y entendernos mejor.
No es fácil convivir con uno mismo, imaginaos cuatro personas a la vez,
cada uno de su padre y de su madre y cada uno con el regusto final de que un
abrazo es el mejor cierre. Nos queremos un poco más después de compartir tantos
momentos juntos, que es el mejor regalo que podemos llevarnos a casa (la real). Y a nuestro interior. Ahora, siempre que un vino blanco adorne mi copa, veré en su fondo el reflejo
de una de tantas risas que vivimos. Hay una amplia gama para elegir. Eskerrik asko.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografías propias.




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