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martes, 29 de julio de 2025

Quillo, los cuatro txakolis

Después de una semana por el País Vasco uno no sabe si lo que rezumamos por nuestros poros nace de la curiosidad de conocer el euskera o si es el propio txakoli el que sale de nosotros en forma de risas y emociones. Nos hemos transformado. Si uno piensa en la gente de Andalucía y le preguntan por su antagonista dentro de las fronteras de la península ibérica seguramente señale a la región con capital en Vitoria como extremos opuestos. Que también se tocan, pensándolo bien, pues en infinidad de ocasiones a ninguno de los dos se nos entiende cuando hablamos. Cuatro amigos nos adentramos en la idea de irnos a la otra punta del país para empaparnos de sus costumbres y casi siempre también fueron cuatro los txakolis que nos pedimos en cada bar (a veces tres con un agua con gas). Jamás llegamos a imaginar la unión que saldría entre nosotros y este jugo de uva (muy bien) exprimido.

Sería muy fácil empezar por eso, los bares, para definir lo que han sido estos siete días de carretera, pintxos y mucha caminata. Y lo haré, aunque un poquito más adelante, porque antes siento que debo un gigantesco agradecimiento a Gema, Antonio y Marta por la labor de no sólo hacer frente a horas recorriendo kilómetros uno detrás de otro, sino hacerlo con un acompañante como yo, que lo mismo se convierte en un ser insoportable como una máquina de hacer chistes malos (también insoportable) como un ser inerte a punto de echar la pota con la bolsa de plástico en la mano. A veces, incluso, en un sendero de curvas como bien comprenderá Gema. Lo cierto es que ni siquiera la previsión de lluvia durante cinco de los siete días que íbamos a estar por allá nos hizo perder el ánimo. La playa no era nuestro objetivo, a pesar de que todos llevábamos al menos un par de bañadores y una toalla, sino un extra. Lo normal era utilizar la crema sólo para no quemarnos el cogote por andar y no por tomar el sol, algo que conseguimos. Lo primero, claro está. Así que las nubes que veíamos en el horizonte no era nada que pudiera perturbar el estado zen que nos sumía y que explotó poco antes de llegar a Ochandiano (Vizcaya) camino de Bilbao, donde nos detuvimos a comer mientras ya estábamos flipando con los paisajes de lagos rodeados de verdes brillantes y Naturaleza pura, alejada de la mano del hombre. Como si allí nada estuviera contaminado. A los cinco minutos de pisar el pueblo ya estábamos haciendo una fotografía con una ikurriña. Así somos.

Nuestro primer contacto fue progresivo, sin empaparnos de golpe por si salíamos por patas. Aun así, no había vuelta atrás, habíamos quedado para quedarnos y aquello quedó plasmado en cuanto pisamos Bilbao, una ciudad algo enrevesada, a decir verdad, para llegar en coche. Entre Hogwarts y Génova no sabría decir a cuál se parece más si por sus pasadizos secretos o por sus diferentes alturas. Encontrar el alojamiento, cerca del centro, fue bastante divertido: a veces había caídas de montaña rusa entre sus calzadas. Una vez instalados y el coche aparcado, para así aplacar los nervios de Marta, nos dirigimos a una de las tres paradas indispensables en un viaje con Antonio: el café. Las otras dos eran hacer un pis y comer un helado. Podríamos sumar una cuarta, justo al lado del Guggenheim, que era saludar a Puppy con una fotografía cada vez que pasábamos a su lado. Una vez faltamos a la tradición en busca de un pintxo que creíamos perdido Marta y yo, pero un semáforo en rojo en un paso de peatones detuvo nuestra huida. Aquel paseo por el casco céntrico de Bilbao nos enseñó que sus edificios o son nuevos o antiguos, lo que permite una atmósfera con alto contraste para quien la visita. A un lado y al otro de la ría conviven distintas arquitecturas que le dan un atractivo singular. Aquí es cuando vuelvo a incluir que un cielo encapotado nos dio la bienvenida con un clima muy alejado de Jaén: la normalidad de pasear en verano sin acabar empapado en sudor. La brisa que paseaba a los costados de la ría fue un milagro del que sólo desprendíamos palabras de agradecimiento eterno. No creíamos que eso fuera posible a la vez que andábamos cortos en mangas y pantalones. Una bendición.

El siguiente paso era conocer otros manjares que prometían de la capital de Vizcaya un atractivo turístico gastronómico, es decir, los pintxos. Y con ello, la primera lección que el txacoli nos mostró: bizkaino o guipuzcoano. No son lo mismo, habrá que especificarlo. Sin verlo venir, el primer bar que visitamos nos ofreció la posibilidad de conocer a un dueño pintoresco que sin conocernos nos advirtió de una frase que jamás olvidaremos: “Nos vamos a ver mucho por aquí”. Fue la primera de las dos visitas que le hicimos a Jose esa primera noche de lunes. Sólo nos tomamos una, haciendo caso omiso de sus indicaciones de que casi nada estaba abierto, así que tuvimos que volver después de tomarnos otra rápida y darle la razón a él. Desde entonces, le visitábamos cada día, no por obligación, sino por ganas. Nos tenía reservadas tantas sorpresas de comida como obsequio detrás de ese “Quillo, toma esto” que no fuimos capaces de decirle en ningún momento que el “quillo” no se dice en Jaén. Fuimos unos vendidos por tal de comer gratis. Gema, mientras tanto, nos solventaba cualquier duda que tuviéramos en referencia a la comida. Yo no tenía ni idea de lo que eran varias de las preparaciones que existían en muchos pintxos y le preguntaba a ella, aunque he de decir que mi mayor aportación fue descubrirles qué era el txaka. A Marta le encantó. Así que, con un poco de salero andaluz e hipocresía (andaluza, por supuesto) conseguíamos desayunarnos unos buenos sándwiches rellenos que nos alegraban la vuelta al piso del entrenamiento matutino siguiendo la ría. Bilbao nos enseñó que sus gentes son tan agradables que fuimos despegando el tópico perpetuado de su antipatía. Hasta que llegamos a San Sebastián, como mínimo.

En Bilbao dedicamos otra jornada a conocer su centro gastronómico y casi nos quedamos allí en vistas de que empezamos a conocer a un tal Marianito hasta que terminamos llamándolo Martiwinky. Una persona muy profunda que nos presentó Aitor, otro compañero camarero que se convirtió en amigo a los tres minutos de servirnos. Os juro y esto es algo que pueden corroborar Gema, Marta y Antonio que jamás dimos el primer paso con nadie a la hora de mostrar el origen de nuestro acento y que fuimos diana de preguntas de aquellos que notaban una dicción sureña. Incluso para aquella mujer que vimos en Zumaia y nacida en Guinea Ecuatorial que creíamos ciudadana suiza y que en realidad residía en Austria porque quería visitar el origen de su padre, vasco, tras darla luz a ella su madre pamplonica. No atinó nuestra procedencia, pero sí que ella había estado en Extremadura, y lo decía sin mover una mueca de su rostro mientras nos mojábamos los pies en la playa de Itzurun a la vista de los Flysch. Marta aguantó estoicamente esa declaración lapidaria sin reírse y la apuntamos como una más de las personas que nos interpeló (siempre amablemente) por no ser de la zona. Aitor, por supuesto, también lo hizo, y de ahí brotó una efímera amistad que todos agradecimos. Si hay que pagar caro, mejor hacerlo con una sonrisa y con la satisfacción de que el trato ha sido exquisito. Gracias a Jose y Aitor, por siempre.

Nos dio tiempo a visitar el puente transbordador que une Portugalete y Getxo, una experiencia curiosa, y a asustarnos por si acaso Gema se tropezaba. O a mí me daba un ataque de vértigo. Cada uno tiene que fluir con lo suyo. Antonio, que ya había estado por allá, nos guio hacia una preciosa estampa desde el espigón Evaristo de Churruca. Quedamos prendados de una tranquilidad tan atractiva que sólo ocurre en vacaciones, cuando tan pocas veces nos atrapa la preocupación que podemos pararnos a fijarnos en los pequeños detalles de no hacer nada en compañía. Es uno de esos placeres que con dificultad se personan en el estrés del día a día y que debemos valorar en su justa medida. Hablar sin prisa, paladear el momento y, si es posible, comprar otro helado. Llevábamos sólo un par de días por allí y ya mereció la pena esos momentillos. Y esa noche fuimos a comer a un japonés, por qué no. Tampoco vamos a respirar Euskadi tanto tiempo seguido.

La siguiente jornada fue importante, estaba marcado en rojo en el calendario. Íbamos a visitar Rocadragón (escenario de Juego de tronos) en San Juan de Gaztugu…, Gatelux…, Gazetlag…, en San Juan. Las más de 200 escaleras no fueron nada en comparación con la caminata (otra más) superior a una hora que nos capitaneó Imanol junto con otro grupo de visitantes algunos de ellos chinos y ávidos de fotos desde cualquier matorral y que nos llevó por los terrenos más embarrados. Así nos pudimos sentir full HD como uno de los personajes de la serie. Mereció la pena cada uno de los pasos que dimos hacia un punto único y específico. Escenarios de tal calibre sólo pueden responder al capricho de la Tierra, autora de algún asombro digno de fotografiarse.

Este paseo nos abrió el apetito hacia otros destinos cercanos como Bermeo, Mundaca o Guernica. Muchos de ellos respiraron una atmósfera común, la de la sociedad vasca. Mayor mención a las causas políticas y a la unión por el pueblo palestino, con varias banderas adornando sus fachadas. Comentamos que desde otras partes de España envidiábamos la capacidad de resistencia y su activismo, sin entrar a valorar su idoneidad. Reman juntos hacia un objetivo que en infinidad de ocasiones consiguen por la lucha colectiva. Eso es algo que conocimos al día siguiente en Lequeitio, con un montón de menciones en ese mismo sentido. Preciosas estampas y personalidades arraigadas fuertemente. Los lazos de los que están hechos estas personas suelen ser tan firmes como el acero. Eso es algo que nos enseñó una de nuestras salvadoras en Bermeo. La mujer que alivió a Marta con las pulseras del compromiso (que no de la amistad) nos recitó tal discurso que recibimos la puñalada de seis euros por pulsera con gusto. A saber qué habría pasado si la rechazamos después del mitin. Aquello fue justo antes de llegar al faro tras recorrer un espigón larguísimo en el que casi nos fallan las piernas a Marta y a mí. Nos fuimos agarrando al bloque de hormigón como si un resbalón nos hiciera caer por un precipicio sin final conocido. Sobrevivimos, seguramente por las nuevas pulseras.

Fue la segunda vez de la jornada que temimos por nuestra integridad, a riesgo de parraque. La primera fue unas horas antes, cuando sin saber dónde poner el mantel y cubiertos llegamos a un restaurante precioso llamado Almiketxu. Miramos la carta y dijimos: “Barato no es”. Ante la premura de alimentarse y la cara que teníamos, pagamos la turistada y comimos espectacularmente. Vistas y enclave geniales, a pesar de que el servicio nos hizo pagar sus desaires. Fue uno de esos momentos en los que te cabreas al principio y conforme va pasando el tiempo se va diluyendo hasta tomar forma de anécdota y risas. No queda otra que tomárnoslo así. Eso sí, el sustito de la cuenta final no nos lo quita nadie. Je, je, je.

La última mañana que amanecimos en Bilbao nos dirigimos a Lequeitio y nos adentramos en el castillo de Arteaga con la simple intención de no ir directos a otro lugar. Nos dimos una vuelta por sus jardines para seguir creando fotografías por medio de la IA y dejarme con más napia de la que ya disfruto. La ruta hasta el pueblo consistió más en que nos cogieran el teléfono para reservar que en otra cosa, aunque no fue el único obstáculo que hallamos si pensamos en lo difícil que lo pusieron para aparcar en ese pueblo. Nos lo cruzamos enterito para ver uno y poder andar con tranquilidad. Eso sí, la caminata mereció la pena tanto por la comida, a pesar de que yo provocara el suicidio de una botella de txacoli (lo siento, Gema), como por el servicio. Me consta que al menos tres de los comensales recibieron gustosamente cada palabra del camarero. Otra vuelta más por sus calles reivindicativas hasta arribar a uno de los destinos más especiales de todo el trayecto. Sin saberlo, nos adentramos en una tarde tremendamente enriquecedora para todos, también para Pello, el padre de la encargada del espectacular caserío, Haizea, que por circunstancias tuvo que atendernos de forma tan amable como divertida. Hizo el esfuerzo de corresponder nuestras necesidades de líquidos durante un buen rato y de hasta encargarnos la cena antes de la llegada de su hija. Allí nos encontramos con dos perros tan fuertes como cariñosos, novios, cuya presencia nos amenizó de tal forma el asunto que casi no se notó la llegada del verdadero barman, Markel, un chaval que lo mismo desbroza el bosque que te sirve un pacharán. Un auténtico referente al igual que Xe, el cocinero que nos trató con tanta dulzura que nuestra petición de “cena ligera” la entendió a la perfección para darnos justamente lo que queríamos. La velada de esa noche fue maravillosa, con una postcena cargada de anécdotas, conocimientos y Pello cogido de mi brazo.

Con tremenda tristeza tuvimos que abandonar ese barco del que con toda seguridad queremos volver en el futuro y resolver algunos de los misterios que allí ocurrieron. Los vascos seguían siendo gente muy amable y acogedora, cada vez contra menos pronósticos. Con el coche enfilado a San Sebastián visualizábamos el último destino de la programación y lo hicimos bordeando la costa hacia preciosos recovecos (sin bajarnos) como Orio o Zarauz, cuyas postales fueron digeridas con gran clamor. También con relatos de asesinos en serie remotos a modo de podcast. Eso sí, al llegar a la capital de Guipúzcoa, después de lo visto, también comprobamos las camas menos cómodas en una residencia universitaria. El choque fue tan brutal que ahondó en nuestra crisis, sumado a que mi ropa sudada impregnaba la habitación por desgracia para todos. Ante ese inicio, lo demás sólo podía ir a mejor. Visitamos un día después todo lo que es la Donosti paisajística, la que va desde el Peine de los Vientos, en la playa de Ondarreta, hasta el paseo marítimo de la Concha con culmen en la ría. Nos dio tiempo, como casi en cada parada, de conocer los típicos pintxos del lugar, aunque en esta ocasión estaban aderezados con pocas sonrisas y mucha más sequedad. Será cosa de San Sebastián o de tener nosotros mala suerte en este sentido, pero lo cierto es que el turismo en esta ciudad empujaba la naturalidad hacia otro rincón que no habíamos visto hasta el momento. Eso sí, nosotros actuamos normal, pues quizá lo extraordinario es lo que vivimos con anterioridad. Volvimos a volcar risas, a comer dulces y a comprar txakolis, esta vez para nuestros familiares, que bien merecen estos tragos por aguantarnos el resto del año. Con la última cena en un excelente dominicano (por eso de que no era guipuzcoano) culminamos las últimas horas por Euskadi.

Hondarribia lo dejamos para otro momento a riesgo de que nos tachen de apartar lo mejor sin ver, pero el cansancio acumulado en piernas y mente fue excesivo para continuar la carretera. Pasados unos días es imposible no poner una chincheta que resuma estos días. No ya en el corcho, sino en el corazón de cada uno de nosotros por conocernos, ayudarnos y entendernos mejor. No es fácil convivir con uno mismo, imaginaos cuatro personas a la vez, cada uno de su padre y de su madre y cada uno con el regusto final de que un abrazo es el mejor cierre. Nos queremos un poco más después de compartir tantos momentos juntos, que es el mejor regalo que podemos llevarnos a casa (la real). Y a nuestro interior. Ahora, siempre que un vino blanco adorne mi copa, veré en su fondo el reflejo de una de tantas risas que vivimos. Hay una amplia gama para elegir. Eskerrik asko.

Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografías propias.

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