Tengo la sensación de que no es la primera vez que escribo sobre esta emoción absurda de que Fernando Alonso nos revuelva las tripas por un quinto puesto consolidado en la carrera del domingo después de un sufrido quinto lugar en la clasificación y quedarse a una décima de salir más adelante que nadie. En otros tiempos tan lejanos que casi creemos imposibles supondría un mal que traería de cabeza al hipercompetitivo asturiano, ganador de casi cualquier cosa que tocaba. Hoy en día esa sombra es un anhelo de improbable retorno. Mientras tanto, aquí seguimos, acelerándosenos el corazón si el ‘14’ gana un puesto en la salida y rezando para que no ocurra nada el resto de las vueltas a sabiendas de que el McLaren le sobrepasará en un pestañeo.
Ahora me resultan efímeros los tiempos en los que el Renault y el Ferrari permitían a Alonso vencer en varias de las oportunidades que se le ponían por delante. No nos parábamos a pensar en el circuito, la degradación de los neumáticos o las paradas previstas. Lo único que contaban eran las manos del piloto que se ponía tras el volante y ahí el ovetense tenía ventaja sobre el resto…casi siempre. Incluso cuando el motor de monoplazas inconducibles ponían las epopeyas al servicio de su talento. Hasta 2012 esa combinación nos permitía un respiro en forma de alegrías antes de que el manto oscuro de la realidad y las malas decisiones convirtieran su trayectoria en un laberinto de dudosa continuidad hasta que el 2023 de Aston Martin hizo asomar una patita. Esperemos que no la última.
Toda la vorágine de sinsabores hace una mezcla perfecta para que cada esfuerzo (a veces elevado al séptimo cielo de forma exagerada) sea un subidón de adrenalina, una motivación raquítica que incluso echaremos de menos en los próximos cursos, cuando ya no se ponga el casco. Quizá en 2030. Hasta entonces, el caldo de cultivo que se ha vuelto a calentar tras el Gran Premio de Hungría de 2025 es suficiente para volver a disparar las alarmas antes del parón veraniego de un mes que tiene a todos los alonsistas dando volteretas. En esta secta es tradición hacer de las altas (y puede que falsas) expectativas la razón de ser.
Por eso vuelvo a repetir que tengo la sensación de que esto ya lo he vivido y lo he escrito. A pesar de que sea imposible un podio, adelantar en cualquier cita porque no tenemos velocidad punta, las curvas rápidas no nos permitan pisar los pianos o el volante se desancle permaneceremos ilusionados por cualquier pequeño avance que suceda. Porque si fuésemos seguidores de Hamilton estaríamos tan acostumbrados al éxito que nos sentiríamos useless ante cualquier pequeño obstáculo que se ponga delante. Un buen piloto lo es en las buenas y en las malas. Y aunque nosotros no lo seamos, también.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de Cadena Ser.
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