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jueves, 18 de septiembre de 2025

Anjin sama

He tenido que parar unos segundos para respirar justo después de ver el décimo y último capítulo de Shogun, serie basada en el Japón del año 1600 que me ha contenido el aliento durante gran parte de sus episodios. Es una de esas series que deberían empezar y finalizar en una única temporada para envolver toda la mística que sugiere en el espectador, mientras que por lo bajini me congratulo de que se hayan firmado dos temporadas más...a partir de 2027. Como muchas veces me ocurre, no la vi en el tiempo que tocaba, el año pasado, y aun así le seguía una estela mediática impresionante. Cuando voy de camino al trabajo y veo la propaganda en las marquesinas de los autobuses hay dos opciones: es una mierda mediática de influencer o se han gastado tanta pasta que hay que darle salida cuanto antes. No hace falta discernir cuál toca en esta ocasión.

Sin ahondar en la trama puedo anticipar al lector que se ha pasado por estas líneas que versa sobre el empeño de un inglés a través de un navío holandés en ser el primer británico en llegar a tierras niponas, donde los portugueses —sobre todo— y los españoles habían cruzado el estrecho de Magallanes como pioneros para evangelizar los máximos territorios asiáticos con el catolicismo. Y enriquecerse en secreto, como es obvio. John Blackthorne arriba como bárbaro con la única idea de sobrevivir en un escenario de incipiente guerra entre varias familias oriundas. Y ya está, no tiene sentido que os destripe más argumento del asunto. Punto.

No obstante, si bien no es necesario descubrir más detalles de la —interesante— trama, la delicadeza y la belleza con la que se describen las situaciones y la rigidez de la cultura de allá no hace más que chocar con la percepción europea de la lealtad. La sinceridad con la que se entregan cada uno de sus personajes a sus superiores muestra la inflexibilidad de los que quedan al servicio de un juramento. Cueste lo que cueste, incluso la muerte, incluso el sacrificio por un fin mayor. La causa por encima de todo. Sin ni siquiera cuestionar la palabra que su señor haya pronunciado porque la única razón de ser de quienes sirven es escuchar y ejecutar. También es incuestionable la obediencia en sus gestos, la gratitud en rostros tan serios y la incredulidad cuando sólo las lágrimas pueden pueden quebrar las facciones corporales.

Es un espectáculo conocer la quietud con la que los protagonistas manejan sus intervenciones, medidas al milímetro y dotadas cada una de un sentido eterno. Parece que muchos de sus comentarios están sellados para obtener recompensa tras el fin de la existencia. Porque entre la vida y la muerte sólo una es permanente.

Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada por Laughing Place.

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