Pasan las ocho de la mañana y llevo con el ojo entreabierto desde que quedaban cinco minutos para las siete. He dormido menos de cuatro horas y alguna lagrimilla se me ha caído por un motivo alejado del ensoñamiento y las legañas secas. Mi vida no depende de ello y aun así es inevitable que los referentes del deporte nos provoquen emociones que no siempre afloran en nuestra vida cotidiana. A alguno le parecerá una locura que se dé esta situación, en este caso, por unos tipos que están encima de una moto a miles de kilómetros de España. Tocó Japón, con su horario infernal y, este domingo, con una liberación resumida en un grito sordo desde 2019. No hay quien baje el volumen ahora.
No se puede decir más de lo que se ha descrito sobre Marc Márquez y su maltrecho brazo. Es normal que él mismo dude de sí mismo y que, por consiguiente, lo haga el resto de las personas que no tienen la suficiente información. Lo lógico era finalizar su carrera en paz. Nadie le recriminaría nada por el enorme tesón. Sin embargo, sin datos en la mano se puede percibir que el reconocimiento unánime de todos los profesionales es palpable. Se puede hablar de años entre victorias, desiertos entre campeonatos y días sin éxito. Siguió su instinto y brotaron las lágrimas. Ahora vuelve para decir que sí está en paz consigo mismo. De verdad.
Solo es imposible, decía el propio piloto, sin querer recordar lo que había dejado atrás y centrándose en la alegría del momento. Ya habría momento de repasar las fotogramas de su trayectoria cuando los motores se apaguen y el dolor se convierta en orgullo. Porque el tiempo es un cicatrizante perverso que requiere paciencia para cerrar la herida. Lo cierto es que poco importa que sea su séptimo título en la categoría reina y su noveno en total en todas las divisiones porque la cascada de resiliencia que emana de su ejemplo eclipsa muchas de las hazañas vistas. "More than a number" reza su camiseta de celebración. No hay registros que simbolicen las lloreras que ha despertado Marc.
No todas las historias tienen final feliz y no por eso se consideran un fracaso. No deben serlo. Aprovechemos las que sí para impulsar los aspectos que al resto de los mortales pueden posibilitarnos crecer. Que si perdemos la sonrisa sea para llorar de alegría.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de El Confidencial.

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