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miércoles, 3 de septiembre de 2025

¿Pulsaciones?

Hay muchas cosas que he olvidado a lo largo de mi vida y una de ellas es en qué año conocí a Yogu. Lo único que puedo decir a ciencia cierta sin equivocarme es que había una pista de fútbol sala y un balón del mismo deporte de por medio, que la manera de encontrarnos era a raíz de un grupo de WhatsApp creado por Gregorio en el que un "yo" era suficiente y que las cervezas de después, normalmente en El Palmera, fueron el pistoletazo de salida de una carrera de aventuras que nos ha llevado por diferentes escenarios. El último que compartimos, más allá de las seis de la mañana, nos llevó a un mirador de Mancha Real con el sol a punto de salir por detrás de un salón de bodas. La suya.

No tiene sentido empezar a rememorar todas las experiencias que hemos vivido juntos, sobre todo porque la mayoría están más que escritas en este blog con tanto detalle que asusta, y tardaríamos unas cuantas vidas en describirlas. Posiblemente porque nos atragantaríamos con nuestras propias carcajadas. Lo que no se puede permitir es que este personaje se vaya de rositas con Raquel sin constatar que muchos de los que le rodeamos fuimos unos privilegiados de presenciar un momento tan único como su unión. Y aunque sentimos placer cuando le suprimimos la posibilidad de organizar actividades en el día a día, hubo algo, sobre las ocho de la tarde del pasado sábado, 30 de agosto de 2025, que hizo descuadrar cualquier plan que estuviera en su cabeza. Vi cómo sus ojos azules se ahogaron cada vez más con cada paso que avanzaba Ra hacia adelante y no pude pensar en otra cosa: "Al final el cabrón va a tener corazón".

Me dejaron ser su testigo, algo que puedo añadir a mi lista de "primeras veces", pero no pude evitar sentirme fuera de lugar en una sacristía por dar fe de que esos dos se quieren. Eso no se firma, se ve y se sabe, por lo que rubriqué un contrato para toda la vida y una promesa eterna. Que ni se les ocurra joder la marrana porque mi credibilidad está sellada en ese papel, que es lo más valioso que tiene un periodista. A dónde voy yo después si les da por divorciarse. No, ¿eh? Incluso posé ante las cámaras como esperanzador fichaje del Deportivo Egabrense. Con casi 33 años. Otra primera vez. Con la posterior firma de la Mamos estaban oficialmente casados, por mucho que el cura se equivocara en dónde había que firmar. Raquel se lo dejó clarinete: "Que yo soy maestra y sé leer". No hubo más que hablar hasta el próximo verbo: beber.

El colofón de mi verano fue esta junta y me pareció apropiado que el cierre nos reuniera a toda la panda (pandilla) de amiguetes por primera vez en mucho tiempo. Las últimas semanas nos hemos visto "a cachos", siempre faltaba alguno desperdigado y la excusa del casamiento estaba más que aceptada para bañarnos en cerveza, vino y kalimotxo. Era lo que todos estábamos esperando. Todos hemos sido partícipes, de una manera u otra, de las alegrías que ambos han ido descubriendo mutuamente y de sacrificios propios de sus profesiones. Muchos kilómetros y muchas ciudades distintas. De lo que no cabe duda es que la mayoría de los disgustos se los ha llevado la novia —hoy esposa— porque el otro —hoy su marido— bien ha necesitado una buena dosis de "meterse en vereda". Lo queremos tanto que a veces podemos decirle que no lo soportamos. Las licencias de la amistad y la confianza, supongo. Siempre merece la pena.

El caso es que sigo en estado de incredulidad. Me pasó con mi hermana (al casarse y al ser madre) y con otros colegas íntimos como Puli o Merche, por ejemplo. No me creo que culminen en el matrimonio. Entiendo que es una reacción de negación propia del cerebro, incapaz de asumir que estamos envejeciendo y que nos toca protagonizar actividades propias de lo que antes creíamos "gente mayor" y que ahora es "coetánea". Pues sí, se han casado y ahora están perdidos por algún lugar de Riviera Maya acompañados por un alto porcentaje de envidias ajenas. Intenté disfrutar el banquete y durante varios momentos de la noche pensé: "Vive el momento, piensa que hay que disfrutar, míralos". Giraba entonces el cuello para ver dónde se encontraban los dos tórtolos de un lado para el otro. Felices, sonriendo con todas las partes del cuerpo, recibiendo parabienes en todas direcciones y satisfechos por todo el esfuerzo que les conllevó llegar hasta ese preciso instante, tanto en términos de la boda como de la relación, que es más importante. A pesar de ello, por lo visto Manué no estuvo nervioso nunca. Puede que ni en toda su vida. Ni siquiera cuando le preguntaba por las pulsaciones.

Se me venían recuerdos a la cabeza cuando veía pasar los platos de la cena. De repente me vi en la cochera del susodicho con una tarrina de kebab y patatas mientras jugábamos a la ilustre barredora sin más preocupación que si nos cabría un bocado más en la tripa. O estar con vistas a un precioso paraje en Ronda con katsuobushi enfrente mientras probamos un vino blanco con toques de mojito. Los actores no alteraban el producto de apoyarnos entre todos. Con traje o sudados después de una pachanga, ahí estábamos, celebrando. Me comí todo lo que me pusieron delante como agradecimiento, por supuesto, porque una cosa es trasladarse a otra época y una bien distinta desperdiciar comida. No quedó nada en el(los) plato(s).

El segundo mejor momento del banquete —puesto que el primero para muchos fue bañarse en purpurina dorada perenne por los siglos de los siglos— vino, sin que la mayoría de personas lo anticiparan, con el baile nupcial. Aquella demostración de equilibrio, fuerza y flexibilidad no se sospechó lo suficiente. Lo subestimamos. Ahora lo puedo decir: el crossfit sirve. Si hay algún indeciso con dudas sobre darle una oportunidad a esta disciplina deportiva sólo hay que ponerle el vídeo del asunto. Si él puede, no hay imposibles en esta vida. Estuvo guapo(s), para qué nos vamos a engañar, y todos quisimos ser ellos al final. Creo que es suficiente razón para representar la atmósfera que se originó. Mierda, hubiese sido un buen momento para conocer su frecuencia cardíaca. Con todas las cartas sobre la mesa y otros tantos kilos de presión fuera, la cosa se aligeró hacia la barra libre y, consecuentemente, la pista. Son vasos comunicantes antes de visitar otro de los puntos de referencia: el fotomatón.

Tengo la sensación de que enfrente de ese objetivo se puede cometer cualquier tipo de tropelía sin que nadie obtenga castigo. Existen atentados estéticos inmortalizados con alta carga delictiva que quedan sin sentencia, como el que preside estas líneas, por poner un ejemplo evidente. Ahí ya se veía a Yogu con su particular apertura de boca propia de las fotografías, entrenada con el tiempo hasta lograr la perfección. Os lo digo yo, que he visto esa pose muchas más veces de las que cualquier ser humano puede soportar.

Otro de los momentos que están empezando a adentrarse en la tradición son los perreos de las señoras patatas y el señor pollo asado, con intercambio de protagonistas eventuales. Aquellos sombreros chupan cualquier tipo de vergüenza que azote al huésped, por lo que uno sólo puede dejar que el ritmo le posea y sonreír para el sticker. El paso de las canciones terminó de desinhibirnos de manera tan natural que acabó llegando la berrea inevitablemente. En situaciones como las que se vivieron durante dicha madrugada mereció ser condimentada con esas pinceladas de llamamientos propios de lo que somos: unos individuos sin remedio. Así será hasta que la muerte nos separe.

Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía propia.

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