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jueves, 26 de marzo de 2026

Supongo que me conocerás

Fatal. De la peor de las maneras. Inimaginable. Inaudito. Totalmente desagradable. En ninguno de los escenarios se me pasó por la cabeza que iba a empezar tan rematadamente mal el viaje hacia la Copa de España de Granada (edición 37, año 2026) que en un bar de carretera en mitad de la provincia de Toledo con la A4 como testigo de aquel insólito suceso. Antes, el nimio detalle de hacer esperar a Dani Bueno en un aparcamiento de Canillejas formaba parte de la estrategia inicial. Todo estaba saliendo sobre ruedas, cumpliendo las promesas de no llegar a tiempo, hasta que pasó eso. No logro quitarme de la cabeza el crucigrama mental que aquel chalao' debió experimentar para obsequiarme detrás de la barra con tremendo esperpento. Sin inmutarse, además. Sudores fríos me recorrieron el cogote y pensamientos macabros fueron imaginados. Sin remordimiento lo digo. Resulta que aquel local lo eligió Raúl por imperativo legal, como se había anticipado entre el populacho que lo conocemos, sobre todo porque te podías pedir un bocata de bacon queso (bacon queso, bacon queso, bacon queso) por un precio razonable. Casi todos los presentes, entre los que se encontraban, junto con los ya citados y un servidor, Laura y Brilli Brilli, siguieron los designios del responsable de la Iglesia Brandiana y se pidieron ese o un sucedáneo (lomo queso, lomo queso, lomo queso, por ejemplo). Lo primero que hizo el camarero fue llamar vieja a Laura, bien merecido calificativo ante lo grotesco de su solicitud: pedir un Bitter Kas. Se llevó el último bajo las sospechas de que estaría caducado. Nos reímos porque eran las 10 de la mañana y había tenido su gracia, el preámbulo de una conversación de besugos sin retorno. El mal llegó cuando inicié otro diálogo con ánimo de dar mi comanda. Tal que así:

—Yo quiero el bocadillo de salmón vegetal —comenté con la intensión de ser claro.
—El especial —respondió sin ruborizarse.
—No, no, el de salmón vegetal —insistí con la esperanza de que fuera mi acento andaluz el responsable de su despiste.
—Vale, el especial —continuó, suponía yo que con ganas de vacile.
—Aquí en la carta pone "salmón vegetal" —señalé mientras me sentía sunnormal.
—Pues te pongo el especial —concluyó para dejarme con la duda de si no le daba la mollera o quería tocarme los cojones.


Sin entrar en por qué en la cultura española el bocata vegetal lleva huevo, salmón o atún, resultó que me puso lo que le salió de los cojones. Además, me sirvió un puto sándwich. Con un espárrago entre ese mejunje de hierbajos. Me quedé con la idea de que más vale pedirme chistorra y embadurnarla en alioli para permanecer en el listón del restaurante medio español. Eso o que soy gilipollas.

Estuve a punto de darme la vuelta y que le dieran por culo al torneo, aunque no me hubiera perdonado nunca perderme la tradicional decepción anual, protagonizada cada año por estas fechas por el ElPozo Murcia. Spoiler: quedó eliminado sin título, como en los últimos 16 años. Por suerte, volví a coger el volante, agradecí a Dios que Raúl se quedara en el coche supersónico de Brilli Brilli y nos dirigimos hacia el sur para completar el verdadero motivo por el que no nos ausentamos de este tinglao' por estas fechas cada temporada: nuestra gente y, cada día, la de más personas. Cabanillas es lo más parecido a un Centro de Recopilación de Datos, sólo que en lugar de datos recoge seres humanos de otros ámbitos y los mete en un piso patera donde existen dos reglas inquebrantables: fumar cachimba y no recoger la basura en ningún momento. Da igual lo fuerte que el sentido común se pase por la vivienda porque jamás será tan convincente como la pereza de una decena de tíos capaces de alimentarse de pizzas, kebabs y patatas fritas durante cinco días. Y vapers, muchos vapers, pues además de individuos también se encarga de abastecer al grupo de diversos artilugios para matar el mono constantemente. El año pasado fueron dos sabores en uno y esta vez sigue superando registros: cuatro en una misma maquinita de esas. Tienen hasta luces.

El caso es que antes de ver al resto de zarrapastrosos dejamos a Dani Inter en una gasolinera —de marca güena, eso sí— y confiamos en que llegara sin problema, sobre todo porque es nuestra voz de la experiencia. Un tipo sensato que saca adelante un medio de comunicación serio y reputado (FutsalCorner) y además se busca las habichuelas para que todos nuestros encuentros estén ambientados con el Partido de la Afición. Este año con la colaboración de Nano únicamente en las labores logísticas, ya que hace tiempo que se ha retirado de las jugadas a chapa parada con vasos de tubo. Eso sí, hay cosas que jamás se verán revertidas: Sergi como palomero o Dani Viejo chupándose todas (con su correspondiente reproche por mi parte, a lo que prosiguió idéntica imitación de mi persona como hipócrita pachanguero). Hubo novedad: de repente a Vélez se le ocurrió destruir las ilusiones de un pobre niño a las puertas del gol. Volviendo a la estación de servicio, intuimos que el director llegó a sus aposentos sin problemas mientras nos dirigimos a Armilla, base central de nuestro hospedaje, donde nos esperaba una dosis especial de Emma para cargar pilas y corazón de una tacada. Fueron las pocas horas de descanso que tuvimos durante el fin de semana, ya os contaré.

Al primer pie que puse en el pabellón le siguió el otro, y así un buen rato porque el Palacio de Deportes de Granada se encarga de ponerte en su sitio a la de ya. Para qué vamos a hacerlo sencillo: bajar las escaleras y sentarse en la mesa de prensa a pie de pista. En lugar de eso, los arquitectos pensaron que sería más respetable atravesar los aseos de caballeros y el olor indigno de los mismos, para después introducirse en unas escaleras hacia abajo, una zona mixta, otro pasillo largo y otro giro hacia la cancha. Hace tres años estuvimos en el mismo lugar y juro por la cucaracha muerta del último día que no recuerdo dar tantas vueltas, probablemente porque me pasé más tiempo en el baño y no me topé con otro recorrido. Al contrario que el actual. Aprendimos de memoria el camino hacia la sala de prensa, que estaba más al final del otro pasillo que os hablé —bueno, da igual—, no porque nos encante hacer preguntas con push —no sé si te acuerdas—, sino porque se reunían los principales argumentos para disfrutar de la competición. Ni jugadores ni entrenadores ni goles: las putas bolsas con bocatas (de verdad) y chocolatinas. Se nos iluminaban los ojos cuando las veíamos bien ordenaditas, dispuestas a ser engullidas por elegantes periodistas sin nada que echarse a la boca. Esa escena estaba culminada por la mayor bendición acaecida durante nuestra estancia: la puta máquina de café. Ni sé los que me tomé —quizá tantos como veces fui a cagar—, lo que sí puedo confirmar con total seguridad es que si veía que se perdían Dani JP Financial, Sergi Alarmitas, Dani Malo o Neus...sabía dónde buscarlos. Al lado de ese invento. Llegué a pensar que me daba igual que sólo quedaran cápsulas descafeinadas. Era desvarío, adicción y, sobre todo, gratuidad.

Lo cierto es que si seguís leyendo creeréis que los (des)acreditados somos unos gorrones sin miramientos, cosa que no negaré desde que nos pusieron el collar en Cartagena en 2024, y eso a su vez no nos impide ejercer nuestro trabajo con profesionalidad siempre que Alarmitas no se duerma en pleno partido. Os diré una cosa: para hablar de lo deportivo os podéis pasar por nuestro contenido publicado, donde aparentamos ser ejemplares trabajadores del fútbol sala. Y en este punto me doy cuenta de que es la primera vez que escribo "fútbol sala" en todo el texto y no me puedo más que alegrar de esta circunstancia porque sólo puede significar que lo único que nos importa de estos viajes es meternos los unos con los otros, al menos una vez al año, y tener la excusa perfecta para inflarnos de chupitos. Sean el 11, el 14 o el 88, alguno con más gas que otro. Nos faltaba el aire. Una ráfaga de viento es lo que quiso sentir Cabanillas cuando un chavea le restregó sutilmente el paquete, suponemos que por su adorable aspecto de osito. Creímos que había sido fruto de la casualidad hasta que Laura pidió el VIR a Dani Normal y ambos llegaron a la conclusión de que hubo apertura de pelvis total. Era intencionado. Infracción no señalada. Minutos después Dani Malo dio la sorpresa en otra acción de dudosa legalidad que provocó la reacción inmediata de Patatillas, consciente de que podían ser sus últimos minutos virginales. El petting entre coleguillas había sido serio. Por suerte, sin consecuencias que lamentar más allá de que Iván sintió que le crecía de nuevo pelo en la cabeza. Se le erizaron hasta los del culo. Seguramente por proximidad.

Pongo de manifiesto en este párrafo que no es la ventanilla adecuada para conversar sobre lo que sucedió dentro de la pista si no es para comentar lo acojonado que estaba cada vez que el balón pasaba por mi lado —me compré un portátil justo la semana anterior— o para frenar a Eloy Rojas de una lesión segura a 1 km/h hacia mi puesto. Se trata de una profesión de riesgo, al pie del cañón, al igual que la de árbitro. Esos seres humanos, muchos de ellos normales, deben sobreponerse a inquisiciones constantes por parte de Sergi. Este mastuerzo es capaz de verse envuelto en el pecado capital de la envidia si uno de sus referentes/amigos/víctimas osa regalar un par de tarjetas a otra persona, en este caso Neus, sin recibir nada de vuelta en este intercambio de presentes. La siguiente reacción del pecador consiste en wassapear a cualquier sujeto con silbato para conseguir una compensación frente a los perjuicios ocasionados. No paró hasta que le dieron algo: una camiseta fosforita (opiniones encontradas de si lavada o sudada) por parte de Antonio Navarro. Ese gesto, no obstante, cerró el (vicioso) círculo en el que el propio Sergio se había metido de manera voluntaria desde que el fondo de pantalla de su teléfono móvil fuera una fotografía de los dos susodichos. No su novia, sino su verdadero amor. Por estas acciones la garrapata de los colegiados mantuvo su estatus chupóptero, también con momentos de lucidez. Quizá, dos de los mejores que vivimos durante las jornadas. El primero, en la intimidad, nos presentó a sus iguales en los instantes previos al segundo partido del jueves. Me sorprendió que todos ellos hablaran con fluidez un perfecto castellano, apenas sin gesticulación, alejados de una imagen impostada. Incluso pensé que eran humanos: simpáticos y agradables. Aquello me dejó pensando durante horas, incluso un día entero, hasta que comprobé que todo colegiado esconde tras de sí un talento oculto que nos lleva al segundo gran instante de nuestro querido Romero. Viernes, gol del Barça. Giro la cabeza y veo al colega, fan acérrimo del Espanyol, aplaudiendo. Me araño, me pincho y me doy una hostia. Casi doy una voltereta al ver la escena. Resulta que el zagal, ante mi cara de incredulidad, me suelta: "¡Qué ventajón!". Y yo no sé si mandar el ordenador a mitad de pista o meterme de espontáneo en ella. La garrapata seguía chupando...¡aplaudiendo la ley de la ventaja! Brutal. Sale en el resumen, además. La acción, no Sergi.


Para que os hagáis una idea de algunas asociaciones de ideas de las que somos protagonistas, muchos de nosotros estaríamos encantados de actuar gratuitamente como drags y oponerse frontalmente como drac. Así fue el estudio que realizó Laura con miras a clasificar las diferentes aficiones sin pensar que su propósito sería fulminado en un ambiente que disfruta más con unicornios hinchables agonizando que con tambores de guerra en manos de seguidores subvencionados. Si por los Danis fuera, se ponían pelucas, maquillaje y hasta flores en el culo por tal de ser una queen. Sin embargo, Laura se puso a preguntar a to' quisqui porque el Barça no había traído a su masa desde Barcelona. El viernes fue un tanto extraño: no hubo sorpresas en el torneo y nos fuimos directos. Nos multaron por exceder el tiempo de aparcamiento en zona azul y a la vez pude cumplir uno de los sueños de mi vida: ser el karma de Dani UMA. Después de abrir el huevo Kinder y encontrarnos el puzle de mierda, nos fuimos cada uno en un coche distinto con el objetivo de dejarlos cerca del piso, en pleno centro de Granada. La estrategia me pareció arriesgada y decidí confiar en él: es un chico experimentado, así que me recomendó un par de calles aledañas. Lo que no podía imaginarme es que el vehículo en el que íbamos iba a ser sabotiado por una botella de agua en un semáforo cualquiera. Dani Sunnormal se detuvo a propósito, bajó su ventanilla y decidió que esa maniobra era divertida, graciosa. Se abrió la luz verde y salió escopeteado sin mirar atrás. Lo seguimos enseguida, aunque un poco menos Magnussen que de costumbre, hasta llegar al lugar planeado, pegados a su culo. Fue entonces cuando Dani Futsalsur echó el intermitente con la intención de aparcar a la izquierda y cometió el error de avanzar hacia adelante, lo que permitió al cerebro de Cabanillas —siempre raudo— dar la orden que os relato a continuación: "¡Métete y quítale el sitio!". Cuando empezó la frase ya había imaginado la maniobra en mi mente, fue una conexión tan súbita que me creí conectado con él. Mágico. Crucé el morro a riesgo de llevarme por delante cualquier objeto invisible en la noche o el mismo cárter. No había miedo, así somos los genios. La maniobra a punto estuvo de tener nefastas consecuencias porque durante unos segundos pensé que seguiría echando marcha atrás, bien por orgullo o porque no vio nuestra excelente toma de decisiones. Se dio cuenta a tiempo de que tenía la batalla perdida. Sólo entonces, cuando lo vi perdido en la oscuridad, cuadré el coche. Todo parecía tranquilo: el plan había salido a la perfección, cual Palma ante Manzanares, y nos dirigimos al infausto piso entre carcajadas. Allí debimos pedir las llaves por la ventana porque el telefonillo no estaba operativo. En el quinto piso, asomado, estaba el daminificado por los hechos, dispuesto a tomarse su propia venganza. Nos lanzó las llaves de forma tan virulenta que si nos llega a dar en la cabeza lo mismo nos deja mejor. No pudimos comprobarlo porque se fueron directas al contenedor de escombros contiguo, dio una campanada, y estuvimos un rato buscándolas. Por los loles.

El sábado, Laura y yo cambiamos de deporte hacia un partido de rugby. Plan en familia para quedarnos atónitos de que esos deportistas son auténticas fieras de la nobleza. Hay tal cantidad de adrenalina, choques y vueltas por el césped que uno ve imposible que los dos equipos acaben con efectivos suficientes. José Joaquín e Inma, junto con Emma, nos brindaron la posibilidad de aprender otro prisma distinto, con sus arengas iniciales y sus remordimientos finales, canción incluida. En este párrafo no habrá bromas, si es lo que estáis esperando, porque la familia es sagrada.

En mi cabeza sabía que la jornada sabatina iba a ser recordada, no porque el Jaén y el Barça se clasificaran para la gran final —minucias, ya es costumbre—, más bien porque el final del día nos abrió un espectro de situaciones sólo presentes en el ilusorio mundo de un lunático. No hablo de que Sergi siga tomando Red Bull en los cubatas, que Manu continúe como excelente maestro de ceremonias, que Álvaro se caiga de boca (de boca, de boca, de boca) o que junto con Raúl montemos un comité de urgencia de tuits en mitad del humo cachimbero en un bar. Tampoco de que la supuesta juventud se retire sin previo aviso justo en el despegue del asunto. El supuesto al que me refiero es un ejercicio lisérgico de improbable anticipación. Resulta que vimos el futbolín libre y a Laura se le ocurrió echar una partida. Tengo mis sospechas de que lo hizo para recordarme que la noche que nos conocimos me machacó a lo mismo, aunque luego no lo mencionó (menos mal). Estábamos unos cuantos, seis: los Danis, Laura, Neus, Sergi y yo. Echamos una moneda y, al poco tiempo, vimos cómo una presencia se acercaba. Descartamos que fuera Kake por tres razones: era más alto, tenía pelo y no estaba Sole entre nosotros. También sonreía. Le invitamos a que se acercara con buena intención, de verdad, y al poco tiempo nos arrepentimos de la decisión. Primero compartía equipo con uno de nosotros hasta que, en un momento dado, casi imperceptible, agregó a otro amigo de dimensiones idénticas y, cuando ambos se unieron en una pareja indestructible, fuimos engullidos en una vorágine de goles y derrotas sin freno. Nos dieron de todo. Por todos lados. Así que nos retiramos para seguir bailando o lo que sea que hiciéramos. Estuvimos un buen rato allá, ¿eh? En la pista de baile, digo, mientras otras personas perreaban sin tregua. Nosotros éramos comedidos y cada vez que dirigíamos la mirada hacia el futbolín seguían los dos tallos, moviéndose a lo Lamine Yamal, a la espera de su próxima presa. Era una afrenta mental de la que no íbamos a ser partícipes jamás. Aquellos tipos mantuvieron la esperanza y nos dieron mal rollo porque no abandonaron su posición hasta que marchamos de allí. Sólo entonces salieron por la puerta.

Nos tuvimos que trasladar a otro lado que cerrara más tarde para proseguir con nuestra idea: retrasar todo lo que oliese a vejez. Así que entré en la misma discoteca —con distinto nombre—que hace más de 10 años para pasar la cortina de la juventud y revivirlo. Como si eso fuera suficiente para obviar los achaques de la edad. Y funcionó, todo hay que decirlo. Quizá la imaginación o la falta de sueño nos jugó una mala pasada. Vimos una bolsa de basura repleta de globos y acto seguido Laura se lanzó a la multitud para cazar los que pudiera. Alzó los brazos, los apretó y arrampló con lo que pudo, que fueron concretamente seis de ellos en un arduo ejercicio de supervivencia: ignoró cualquier voz que le pidió uno y se fue directa hacia nuestra zona con una sonrisa que ni Giustozzi. A Dani Magisterio se le iluminó la cara y recordó que la carrera universitaria le sirvió para exprimir talentos ocultos como el noble arte de la globoflexia. Como si fuésamos miembros de la realeza, nos fue coronando a cada uno de los allí presentes mientras intentábamos mantener nuestra dignidad como adultos serios que se ganan la vida honorablemente. Sin comprenderlo, se nos acercaron varias personas para recibir el mismo trato, incluso algunas buscaban intercambiar botellas de alcohol por dichos artefactos, a los que nos negamos en rotundo. O todos reyes o ninguno. Este equipo ostenta tal sentimiento de pertenencia que hace que los globos no nos los pinche ni Dios. Salimos allí con aparente entereza y felices, lo cual quería decir que el piso nos pillaba a 200 metros de distancia. Al cruzar la puerta principal, los ronquidos nos alertaron, a las seis de la mañana, de que allí había alguien durmiendo. Los decibelios no eran los de otras veces, pero el tono era inconfundible: Cabanillas estaba en el sofá y, enfrente, Manel (el de FutsalMafer), desplazado al otro por obra y orden de Pitaluga (¿habrá llegado hasta aquí para leerlo?). Puso sus huevos gordos en la cama que debía ser para los dos y conquistó el territorio de la misma forma que conquista palcos. Nos vimos en la obligación de decorar la estampa de Patatillas con lo que portábamos en la cabeza e inmortalizar el momento. Con flash y todo, ¿eh? Luz de cerca, a un palmo de su cara. No movió ni una pestaña. Le damos una hostia y nos hacemos daño. El Tutankamón este dormía tan profundo que por un momento pensé que de un resuello se metía para dentro. Selfie, risas y para casa.

De la comida del domingo sólo puedo hablar de oídas. Por lo visto la gracia de quien fuera recompensó a Iván en otra costumbre que nos vamos a llevar hasta que nos muramos: adivinar la cuenta del ticket grande. Lo sé porque hay un vídeo que demuestra la proeza, casi tan impensable como la Copa del Rey del Real Betis Futsal. Hechos imposibles dieron paso a eventos cada vez menos probables: el Jaén Paraíso Interior ganó su cuarta Copa de España y me cuenta Laura que Raúl salió escopeteado desde lo más alto del pabellón hasta la valla que da paso a la pista. Lo hizo con una celeridad nunca antes vista, también perfeccionada por años de práctica —concretamente cuatro— y alegre como si fuera la primera vez. Me alegro mucho por Raúl, la verdad, tiene que disfrutar mientras la biblia de Alan pueda escribir nuevas páginas.

La noche dominical, a pesar de que no quedasen fritos ni croquetas ni nada que se les parezca, siempre es especial: despedidas, despedidas y un pelín más de despedidas. Pero antes: a hincharnos a comer guarrerías y cerveza, no sin antes el recordatorio de Laura, la "chacha", de que no hay más hombre que el que no quiere ver la mierda. Estos son los ritos previos al gran momento del fin de semana que poco tiene que ver con levantar el trofeo: el podcast infame. Además, se confirmaron los debuts de Manel y Álvaro (el del Palma), uno con más ilusión que otro por participar, aunque luego se cambiaron las tornas y fue el primero el que le pilló el gusto al micro. No lo soltaba el tío, el que dijo que se iba a ir a los cinco minutos. Ese es el efecto de este macabro experimento que se perpetúa en el tiempo. Esta vez, con el público asistente de Brilli Brilli junto con Vélez y sus canarios. Unos cracks. Desearía haber describido mejor estas últimas horas, aunque luego pienso que es mejor verlo que contarlo.

La imagen final de los desechos sentados es una constatación visual de las pocas energías que nos quedaban. El desgaste es evidente, sobre todo porque hay algunos que no saben elegir el momento entre ducharse y ciscar. Ni tampoco ceder el paso a un pomerian. Mucho menos a una perdiz. Y siguen demostrando un empeño excesivo en romper relaciones. Aun así, seguimos abrazándonos después de tantos días de convivencia, como si no hubiera pasado nada a pesar de que ha pasado de todo. Es un resumen de lo que le dirá el Jaén cuando ve la Copa de España: "Supongo que me conocerás". Nos puede pasar a cualquiera de nosotros. Y si no, pasaos por la recepción de nuestro corazón. Allí estaremos todos esperando a que pase un año. Supongo que nos recordaremos.

Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografías variadas y propias.

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