Lo primero que quiero decir es que el nuevo reglamento de la Fórmula 1 es muy mejorable, sobre todo en términos de darle a los protagonistas protagonismo. Esto es, darles autonomía y peso en lo que deben ser las carreras de este deporte: las manos más rápidas en los coches más rápidos. Todo lo que no sea ir a fondo para siempre es un fracaso para los aficionados. Está claro, por lo que aconsejo leer estas primeras líneas cuando se me acuse de estar en el barco de la FIA. Ahora bien, esto es lo que tenemos —de momento— en un futuro cercano, por lo que es conveniente que entendamos que vamos a vivir los Grandes Premios con esta nueva visión durante unos meses. Y por último, yo me divierto.
Matizaré: me divierto más que antes. Lo escribo a riesgo de que se acuse a los que están como yo de no ser un auténtico purista de estos monoplazas. Leyendo comentarios en diversos foros me veo en la obligación de pedir perdón por ser testigo de varios adelantamientos que antes eran inverosímiles, bien porque el final de reglamento es como un ojal de aguja o porque los coches tenían más de tractores que de bólidos por su tamaño. Sea como fuere, más de una vez me tumbé en el sofá con la flecha del sueño en mi pecho y al abrir los ojos me quitaba las legañas con las mismas posiciones con las que me había amochado. Para qué nos vamos a engañar.
¿Soy culpable de que haya algo de emoción, al menos en las primeras vueltas de una carrera? Sí, señoría, póngame los grilletes. Las primeras vueltas de Melbourne y varias —bastantes— de Shanghái pueden merecer más la pena que un pack de procesiones interminables en cada rincón del mundo de las últimas temporadas. Premium, eso sí. Soy el primero que entiende que la energía proveniente de una batería impacta con demasiada influencia en los giros y no por eso me niego a utilizar el término de estafa. Otra cosa es que me dé rabia que sea Mercedes quien más jugo le haya sacado a este inicio, aunque eso bebe de otro cántaro que no conviene romper en este texto.
Lo curioso es que he visto cierto chovinismo mal entendido dentro de la Fórmula 1, descrito por el rechazo absoluto tras un único evento. "Está mal, da igual lo que ocurra después. No me gusta ni me gustará", se percibe con una pegatina en la cabeza de "love me or hate me". Ya con dos en la buchaca, parece que la cosa empieza a cambiar. Es una mierda, sí: más gestión de todo, de neumáticos, de batería y de energía. Pero, oye, me lo paso bien. Como también lo hago con las carreras de MotoGP donde hay tanto movimiento que parece un deporte vivo y excitante. ¿Artificial? Claro, como lo eran muchos inventos anteriormente implantados como el DRS. Luego lo interiorizamos como si nada. No nos hagamos trampas al solitario. Es muy mejorable, pero ni mucho menos aburrido. Leo también que tras las primeras vueltas se estabiliza de nuevo. "Todo vuelve a ser como antes", dicen. Esta frase la entiendo como un argumento a favor de lo que estoy hablando. Al menos probamos otras vías de buscar otro tipo de entretenimiento. E insisto, todavía mejorable.
Es momento de leer el primer párrafo de nuevo.
Seguimos. No seamos hipócritas porque nos rasgábamos las vestiduras tantas y tantas veces por citas anodinas con todo el pescado vendido desde el principio sin el más mínimo ápice de chispas. No quiero pensar cómo, si todo sucede como en la mayoría de normativas, se aumenta la competitividad y, a este festín, se unen más protagonistas. Siempre y cuando la hipocresía no nos invada hasta el final, pues parece que dichas baterías sí son interminables para algunos.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de DAZN.

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