Me ha ocurrido muchas veces a lo largo de mi vida que no sé sobre lo que escribir y a veces este bloqueo mental viene dado por la simple pereza, como es el caso. Lo cierto es que siempre hay un camino fácil que coger y esta vez lo voy a tomar sin ningún tipo de arrepentimiento. Vamos a hablar de fútbol. Mejor dicho, del Real Madrid, que son dos cosas distintas a pesar de que la gente crea que son lo mismo, ya que el propio Real Madrid es un tema por sí solo a veces más grande que el propio deporte que —no siempre— practica. Aunque a veces este dichoso club te hace creer lo contrario: el Real Madrid no juega fútbol. Lo hace a otra cosa, pero no es fútbol. Es una especie de entelequia que trasciende cualquier conocimiento lógico de lo que hace el resto de equipos, otro entendimiento que alcanza su máxima expresión en la Champions League y que en otras situaciones es lo único que le queda. A lo único que se agarra. Su castigo.
El Real Madrid de esta temporada es un claro ejemplo de lo último apuntado. Cayó en la Supercopa de España, tiró la Copa del Rey en Albacete y lleva varias semanas empeñado en entregar la Liga, cuanto antes mejor. Al Madrí le embarga una vez por lustro, más o menos, la irremediable tarea de autodestruirse a sí mismo. Volar el vestuario, explotar el banquillo y perpetuar el estigma de o todo o nada. Es un club de tantos contrastes que cuando se producen es inevitable buscar culpables hasta debajo de las piedras. O tirarlas, pues suelen hacer menos daño que los comentarios que se hacen en torno a la actitud de la plantilla. Cuando el Real Madrid no juega nada es realmente cierto. Ni juega ni hace nada. Cuando sucede esta problemática puede referirse a dos desenlaces: ganar o caer con estrépito. Hace mucho más ruido la última porque la primera no tiene mérito.
Lo significativo para el madridismo no es inherente a lo importante para el Bernabéu. El aficionado, ocasional o no, acepta la derrota como parte del deporte desde una perspectiva lógica: lo normal no es ganar todo. Lo que es innegociable para el Bernabéu es que sus jugadores recorten esfuerzos. La desidia sobre el césped del coliseo blanco es un pecado capital para quienes están en las butacas, como si las propias estrellas tuvieran la capacidad de decidir el rumbo del equipo, como si se creyeran más grandes que el escudo. En ese caso, el Bernabéu pita, un hábito durante esta temporada, ya sea Xabi Alonso o Álvaro Arbeloa quien dirigiera el cotarro.
Con varios desastres confirmados en las competiciones nacionales, el Real Madrid se aferra al único bien que medianamente podría salvar el año en blanco. La Champions League, un resorte que sin una explicación clarividente conecta los pocos botones de los que no son responsables los deportistas. Supongo que los del corazón. Sólo podría entenderse con lentes místicas muchas de las imágenes que han convertido al máximo campeón de Europa en máximo campeón de Europa. El último clavo está en Múnich y con un marcador en contra (2-1), es decir, el mejor escenario posible para que el Real Madrid demuestre que nunca hay que darlo por perdido, sobre todo cuando menos confianza recae sobre los mismos. Justo el momento, además, que más peligroso es porque en todos sus seguidores se ha instaurado la pesadumbre. Aun así, el Bayern no se fía un pelo. Así es el Madrí.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de COPE.

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