No seré yo el ejemplo de un tipo abstemio ni me pondré como referencia de no beberse ni un cubata, así que todo lo que se escriba a continuación tiene más que ver con una experiencia puntual que es posible que se repita en el futuro, viendo los resultados positivos del día siguiente. Nada más. Anoche fui ese amigo que conduce el coche de vuelta. Y me fue bien, sobre todo porque estoy escribiendo este texto un domingo por la mañana sin el miedo a quedarme inmovilizado el resto del día como si me hubieran arrancado la inteligencia a base de espasmos eléctricos. Soy persona, lo que más vale cuando llegas a cierta edad y sabes que al día siguiente trabajas.
Esta alegría desbordante viene dada porque el cuerpo no es el mismo de hace diez años. Las resacas duran un mínimo de dos días y hay que tener cuidado con seleccionar cuáles son los eventos en los que uno puede beber un poquito más. Ayer, en la feria de La Guardia de Jaén, mi preocupación fue la de quedarme dormido. Vi a mis acompañantes beber cerveza, tinto de verano y, por supuesto, cubalibres. Todo esto forma parte del folclore andaluz a la luz de una buena verbena. Lo entiendo, lo comprendo y, anoche, lo viví con una botella de agua en la mano. Fui (también) el que mira.
Después de que el restaurante de la cena volara por los aires mi plan A, el de tomarme un café para no acabar en la lona a las primeras de cambio, debí improvisar una nueva hoja de ruta que me ayudara tras subir las cuestas del infierno de este municipio. Ya está: Red Bull, Burn o Monster, lo que se terciaria. Dio la casualidad de que en la sociedad actual es frecuente que varios insensatos mezclen sus bebidas destiladas con este brebaje propio de escritorios de ordenadores y bibliotecas de última hora, por ello sobre la barra pude comprobar varias latas abiertas que me daban una pista clara: había solución.
Un par de ellas después noté cómo mi barriga acumulaba tal cantidad de gas que tuve que ir al baño a riesgo de derruir el castillo contiguo con tamaña liberación de mi cuerpo. Todo permaneció en su sitio cuando salí del baño con la mente puesta en otro líquido de nombre comercial Lanjarón. Con este panorama disfruté de que mis queridos amigos estaban en una fase distinta a la mía, cada uno con su propia coordinación y vocalización, cantando y bailando las mismas melodías. Por primera vez en mucho tiempo no era yo el que peor desplegaba sus habilidades psicomotrices, lo que es otro efecto positivo de aguantar hasta altas horas de la madrugada.
Otra es levantarse por la mañana como si tu cuerpo fuera el mismo: fresco como el rocío mañanero. Satisfecho de llevar a tus amigos a la puerta de su casa sanos y salvos por las carreteras nocturnas y deseándoles un mejor despertar, aunque las palabras no sean otra cosa que ánimos de nulos efectos medicinales. Es posible que vuelva a repetir.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de Sigo Seguros.

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