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martes, 19 de agosto de 2025

Friki por un tubo

Todo empezó por casualidad en una calenturienta tarde de verano, como casi todas en este país. Me disponía a ponerme los auriculares y entrar al salón familiar para continuar con mi anacrónico seguimiento de Prison Break cuando noté que mi padre había enchufado una de las miles de series que lleva a la vez. Sin embargo, no la tenía a medias, sino que la estaba comenzando. Este es un punto clave para muchos de los que lo conocemos, pues nos sentamos alrededor de la televisión con una incertidumbre bien marcada debido a quién controla el mando a distancia: si en cualquier momento la apagará, cambiará de plataforma o simplemente dormirá. Este juego de sinsabores puede molestar a algunos, sobre todo a los que mi padre no pregunta antes de tomar una decisión que, supuestamente, nos incumbe a todos, como la de pasar lo mejor posible el tiempo de las postsiesta. A los pocos segundos de ver la pantalla me di cuenta de que lo que estábamos viendo no era otra cosa que la reconstrucción del boom de Tamara (después Yurena) a través de Superstar, en Netflix.


A priori, nada de lo que este personaje extrapoló a principios de la década de los 2000 podría atraerme de tal forma para embobarme durante los seis capítulos que la componen. Las mamarrachadas varias del mundo friki que explotó recién estrenado el milenio no fue más que una constatación de que en España vende lo visceral y, sobre todo, muchas de las desgracias ajenas. Nos alegramos de no ser como el de la tele. Ya pasó con la Veneno, por ejemplo, y con cientos de personajes que florecen a golpe de salirse de lo común, en el extrarradio de lo que consideramos normal. Nunca podré olvidar ese lejano reality show que revolucionó el país bajo el nombre de Hotel Glam. Con este preámbulo sobran las palabras y se reducen las posibilidades de que estos personajes atraigan otro pico de audiencia más de lo que ya lo hicieron. Nada hacía pensar que de nuevo el universo de las canciones de plastilina y crónicas marcianas haría arrodillarse a España. Los Javis lo volvieron a hacer.

Con pomposidad, purpurina y un punto de David Lynch, la pareja de productores (en esta ocasión) no se aleja del surrealismo de sus obras en cada nuevo proyecto. Aunque sean excesivos y reincidentes, aunque se vanaglorien de su singular estilo, son capaces de atraer a públicos tan diversos hacia temas tan específicos que son autores de grandes entretenimientos. Te guste o no Tamara. Te guste o no Superstar, el peso de los actores, la mayoría de ellos excelsos en su justa medida, arrojan la cantidad necesaria de realidad y de ficción. Emocionan. Uno siente pena, alegría, rabia e incluso nostalgia por las historias oscuras que no vieron la luz en unos años de tremendo frenesí por los platós de televisión. Los Javis hallan la manera de seguir ensalzando mundos denostados por la sociedad pretérita y actual para darles una segunda vida o, al menos, otro enfoque tras el paso del tiempo. Algunos lo verán y otros seguirán dando la espalda. Lo que es por seguro es que no todo fue lo que se expuso.

Las intrahistorias de cada uno de los que rodearon a Tamara, desde los que cargaron con buenas intenciones como su madre, Margarita, o Leonardo Dantés hasta los que la vieron como un becerro dorado por parte de Tony Genil, Paco Porras o Miguel de Diego. La rivalidad con Loly Álvarez y la tele de plástico. El escenario, visto más de 20 años después, olía a polvo de otra época, a galletas de barquillo rancias y a blue tropic. Suficiente para que Nacho Vigalondo se pusiera al mando de la claqueta y subiera la apuesta del reto. Sus seis capítulos, cada uno enfrascado en su propio personaje, son una montaña rusa de incertidumbre hacia cuál será el destino y la difuminación de qué cosas corresponde a la realidad y cuál a la ficción. Sólo un túnel podría explicar cómo podría construirse esta superestrella.

Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de Micropsia.

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