Si alguien hubiera observado cómo estaba viendo al primer capítulo del asunto, más allá de la medianoche, solo, en silencio y agarrando el aire en posición de defensa de lo que pasaba en la pantalla. O lo que podría pasar. Porque Flanagan, el director de todo lo que ocurre durante sus diez capítulos, es un maestro del sí pero no y del sí pero sí. Es un estratega de las transiciones y un virtuoso del filo de la navaja. Y lo hace tanto con unos encuadres fijos inquietantes como con un capítulo de una hora cortado en unos pocos planos secuencia en el que uno debe tener mil ojos en modo preventivo. Nunca se sabe por dónde explotará la cosa, si es que lo hace. Esta incertidumbre es un actor más de reparto en un elenco que encaja a la perfección con una trama interesante con el punto óptimo de retorcimiento. La cantidad justa sin ser excesivo ni previsible. Tan difícil en una época sobresaturada: tener personalidad.
En el argumento hay una casa y fantasmas (ocultos y visibles), además de una familia, y hasta aquí diré. Porque esta es de las series que gusta recomendar: corta y al pie. Una temporada. De las que entusiasma por descubrir novedad. De las que quieres que al resto también les guste sin disparar las expectativas. Y sigo insistiendo en que el factor miedo/susto/canguelo es determinante para impulsar el interés en ella. Sin ciertos detalles no sería lo mismo, aunque insisto en que son superables: a medida que uno avanza va acostumbrándose, en el buen sentido de la expresión, a lo inesperado.
Si no me sé expresar o no logras entender lo que quiero mostrar, lo mejor es que te enchufes Netflix y me empieces a dar la razón. Te esperaré.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de Netflix.

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