La vida tiene muchas etapas y es difícil encontrar una fase en la que uno se sienta motivado para seguir con la ilusión. Por eso, cuando uno la encuentra, es difícil desengancharse de la adrenalina y la superación. Y lidiar con ello. No es que sea yo un hombre de élite, obviamente, pero frustra tener que aguantar las ganas de salir a la calle a lanzar zancadas cuando hace unos días batía récords personales, esto es, estaba en mi mejor momento de forma. Supongo que se debe a que en ocasiones se debe escuchar al cuerpo para coger suficiente carrerilla y volver con más motivación. No me he roto nada, por suerte, y toco madera para que no sea así en el futuro. Hay que tener paciencia y mantener la misma disciplina en el descanso de la que tuve en los entrenamientos. Eso sí, este lunes vuelvo a probar antes de buscar un plan de rehabilitación.
No queda otra. Voy camino del trabajo y me paso el trayecto pensando si en esta o en la otra pisada he percibido algo de molestias, rascando esperanza por si hoy es el día de volver. El único consuelo que me podría quedar es que ha sido la semana más lluviosa en meses en Madrid, por lo que tampoco habría disfrutado sobremanera de correr sobre asfalto. A modo de prevención, esto también es un entrenamiento para la cabeza. Es cierto que me afecta al ánimo y que ya estuve un par de meses sin poder avanzar por la dichosa condromalacia rotuliana de la que hoy no me acuerdo. No es tan grave, si es que a eso se le puede llamar gravedad, pero el primer golpe siempre es más duro que asimilar porque uno se siente imperturbable en el momento más álgido desde que se empezó a correr. Es una práctica tan agradecida, pues los progresos suelen aparecer pronto, que verse frenado en seco es una reducción de la autoestima tan repentina como difícil la digestión.
Sin embargo, negarse a asumirlo sería todavía más contraproducente. Ya me acordaré de este momento cuando vuelva a sentir la lluvia y el frío en la cara.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de Barraquer.

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