Páginas

martes, 11 de noviembre de 2025

La impresión mentirosa

Había una certeza en el post de esta semana en el blog: se iba a hablar de mi experiencia en la Media Maratón de Jaén, la primera que corría en mi vida de manera oficial. Sí es cierto que llega un poco más tarde de lo acostumbrado y todo se debe a un buen motivo: estaba reventao'. La cosa es que en Madrid era puente el lunes y uno aprovecha para hacer algunas cosas de las que no suele ser protagonista, como comidas y cenas de cumpleaños, volver a visitar La Salobreja o desplazarse a otras tierras para (re)conocer seres de luz. Si bien estaba claro que la carrera del domingo iba a copar estas líneas, el enigma que estaba por resolver eran los ánimos con los que llegaría. ¿Objetivo cumplido? ¿No? ¿Gestión correcta?

Lo cierto es que viví un sentimiento que no había tenido en cuenta en las semanas anteriores. No lo anticipé. Acostumbro a repensar todo lo que rodea una cita y a fliparme con el posible resultado de la misma. Imagino e imagino sin límite porque desbordo tal autoestima que no soy consciente de la realidad. Me fijaba unos objetivos nada cercanos no con mi forma física, sino con la orografía que el terreno que el recorrido ofrecía. Hay tantas cuestas en Jaén que uno debe rebajar el nivel de euforia. No me percaté de ello a pesar de que uno conoce la ciudad o, al menos, las zonas que serían protagonistas más a menudo.

Crucé la meta con sabor agridulce. Completé el plan previsto por la organización y mi reloj no era el único que no marcaba los 21 kilómetros y 97 metros que constituyen técnicamente una media maratón. Vaya bajón. Todo el esfuerzo y la pájara que se apropió de mí desde el kilómetro 15 hasta el 18, aproximadamente, se sumergió en un profundo mar de decepción. Primero empecé a dudar de mí, a perder la motivación y a creer que no merecía reconocimiento. Puede deberse a una falta de líquidos —no acostumbro a beber en carrera, sea cual sea la distancia— o de azúcar, qué sé yo, pero un bloqueo maniató mi mente y opacó que había terminado mi primera gran carrera de larga distancia. Era inevitable.

Allí, empapado en sudor y con mis padres consolándome, me enrolé en un pensamiento destructivo que me invadió durante unos 15 minutos. Jamás había vivido tal resignación infundada, sin ser mi culpa y porque eran 800 metros los que faltaban para que de forma verdadera fuera merecedor de haber terminado tal kilometraje. Casi no le vi el sentido al esfuerzo vertido y dudé de mi capacidad: había sufrido durante una parte de la carrera y eso invalidaba el resultado final, como si la única manera de sentirse realizado fuera a través de unas sensaciones perfectas en las que no cabía sufrimiento alguno. No existen los superhombres.

Y no, no podemos autoflagelarnos de esta manera. Sufrí porque era lo que tocaba y porque la de Jaén no es la más idónea para empezar a plantearse este tipo de distancias. Lo hice por orgullo y por desconocimiento, pues si uno desea iniciarse se va a Valencia o a otro tipo de ciudades en los que el desnivel es mínimo. Y en Jaén casi alcanzamos los 400 metros con rampas de las que no quiero saber el porcentaje de pendiente. O no lo quería saber en ese momento. El paso de los minutos y la toma de conciencia sobre los tiempos atribuidos a mi persona terminaron por alejar la negatividad y acercar el orgullo, que era lo más justo después de estar casi una hora y media sudando.

Hace un mes estuve hablando con un muchacho que me dijo: si logras acabar la media maratón de Jaén ya puedes hacer la que te propongas. Por eso hoy me he apuntado a la de Madrid. Es lo que hay, como si el dolor de cadera que tengo no existiera a día de hoy. Lo de correr es una (sana) locura.

Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografías tomadas de Jaén Hoy.

No hay comentarios:

Publicar un comentario