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domingo, 2 de noviembre de 2025

Una de vaqueros

Hay ocasiones en la que uno está paseando por su casa y repite una serie de rutinas que le hacen ganar seguridad. Otras son para mantener los hábitos diarios, por ejemplo. Y luego está la inexplicable, la que por una u otra razón se repite por placer o porque te retrotrae a otra situación o evento temporal de suma alegría. Ahora es cuando os cuento que hay momentos en los que me voy directo a una de las estanterías, me paro en seco, giro un poco el cuello y me tiro un rato mirando el marco de la fotografía que nos hicimos en Tabernas. Como si fuéramos del Lejano Oeste.


Me encanta pasarme por allí, cada uno uniformados cual película western dispuestos a ser atracados por delincuentes. O a salvar al pueblo de ellos, qué sé yo, nunca me han propuesto participar en un corto o largometraje de esas características y, a estas alturas, no creo que lo hagan. Aun así, las decenas de segundos siguen consumiéndose mientras miro los detalles de esos trajes cuidados al milímetro, poco me importa que a Laura se le vea el reloj Casio plateado entre la boa de plumas rosas porque la estampa es de por sí atrayente. Su rostro es tan firme y atractivo que parece vigilar con independencia del rincón del salón al que vaya. Me gusta.

Laura siempre ha tenido un talento oculto para posar. Tiene gestos profesionales, ¿eh? Me encanta cómo se mete en el papel. En la foto también se le ve enseñando la pierna a través de la raja de la enagua de la falda como si lo hubiera hecho toda la vida, como si perteneciera a esa época de cancanes y cambios de última hora. Es difícil no pensar en una mujer empoderada sobre el más alto estante. Es que le pega.

Y bueno, yo estoy detrás haciendo como que empuño un arma y, lo que tiene más delito, sepa utilizarla. Lo cierto es que me sientan bien el chaleco y los pantalones, apenas sin arrugas, y la pieza que hace que no dé pena es el color de la camisa. Considero que el azul oscuro minimiza los defectos y estiliza el semblante. El sombrero pensaba que me iba a quedar peor y me sorprendí gratamente de que fuera una talla justa para mi almendra garrapiñada, ni sobra ni falta. Salvé el compromiso.

Todo el encuadre convierte la escena en una parada ideal cuando se va de un sitio a otro, sin importar el horario o el rumbo. Es todo lo que se puede pedir para convertir las simplezas en una fuente de emociones. Y de amor, claro.

Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de Vexels.

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