Este galimatías en forma de lucha por la lengua me lleva a un ecosistema salvaje donde la escritura poco peso demuestra, pues lo que más impera es el berrido que se leen en una ristra de tuits. La cosa es que después de más de una década, que se dice pronto, en la red social de Eloncito uno se da cuenta de que la mejor manera de enfrentar la discusión es evitar el debate. No se puede razonar en 240 caracteres como no se podía en 120, para qué nos vamos a engañar. Cualquier posibilidad de reconducir el pensamiento de una persona en tan pequeño espacio digital desembocará en dos conclusiones: a) uno no tiene ganas de alargar el asunto o b) uno de los dos es gilipollas. A veces hay que elegir morderse la lengua para no eternizar una conversación que desde la primera intervención está destinada al fracaso intelectual. En mi caso, el mundillo del fútbol sala, como muchos otros, está repleto de sentencias categóricas. Todos son capaces de borrar cualquier escena de la realidad para que por su canuto sólo sea visible una: la suya. Conviene, en ocasiones, aceptar que tiene su punto de vista y mostrárselo, a pesar de que él mismo no comprenda que hay varias perspectivas. Esa no es la victoria, lo único valioso sería imponer un único criterio: normalmente es el del tonto.
Imaginaos no ya interpretar el tono del ponente, por llamarlo de alguna forma, sino de la propia estructura del argumento sin ni siquiera descifrar a qué se debe cada punto y cada coma que se lee. Es una experiencia cercana a la resolución de un jeroglífico. A menudo pienso que quienes nos esforzamos en releer lo que escribimos somos los más perjudicados. Nuestras intervenciones son más comprensibles porque existe una única manera de percibirlas, no así en el caso contrario, pues la ausencia de según qué cosa puede entenderse en sentidos opuestos. Tenemos más riesgos de malinterpretar, en otras palabras. Es probable, además, que quien no cuida la lengua tome por estúpido al contrario. "Lo pone bien claro, hombre ya, lo que pasa es que no te quieres enterar", espeta como argumento terminal.
Hay muchos tipos de tuiteros, desde los desmemoriados, los mismos que no tienen intención alguna de rememorar, hasta los que pretenden que en esos mismos 240 caracteres seas capaz de conformar una opinión realista, justa, ecuánime y, por supuesto, que coincida con la suya. Todo lo demás será catalogado como una infamia orquestada con la única intención de joderle la vida a él y a su equipo. No tengo yo otra cosa que hacer, como que me dicten los tuits de mi perfil público. No soy tan importante como algunos confabulan. Ya me gustaría a mí cobrar por ello, viviría sin la presión personal de mantener una cuenta personal que, por cierto, está a cara descubierta. Cualquiera puede venir a hablarme y verá cómo el mundo virtual es una mínima parte de la persona. Quien se interese por ello, que a veces lo dudo, pues algunos están centrados en potenciar la bipolaridad en sus comentarios. Nunca se sabe. Otros se sorprenden de que en la vida real uno sea (o intente ser) simpático.
Los conspiranoicos son otra especie que me tiene fascinado. Capaces de ver fantasmas donde no los hay y con la fiel convicción de no querer dejar de verlos. Si no, ¿sobre qué tuitearían? Diría que he perdido alguna amistad de (ahora) dudoso beneficio por unos tristes aplausos en forma de interacciones virtuales. Su precio, entre otros asuntos, es estar más cerca de los que un día criticaron. Las cuentas parodia han hecho mucho mal a esta red social. En estos momentos impera la viralización o bait en inglés. Yo lo llamo "generar ruido", que es más apropiado. Uno detrás de otro. Por eso Twitter hay que cogerlo con pinzas. Llevo un tiempo con respuestas infladas con ironía y gracia. Que cada uno piense lo que quiera: no tengo forma de saco.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de Menzig.

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