Yo antes no me agobiaba. Creo. No recuerdo de chaval sensaciones como las que vienen a mí en edad adulta. Las responsabilidades, las tareas y la resolución de conflictos. Estoy bastante convencido de que conforme uno crece la salud mental es la primera que empeora. Se ven fantasmas donde no los hay y se sufre por situaciones que todavía no han tenido lugar. Eso es lo que siento en la cama cuando vuelvo de vacaciones y me tengo que reincorporar: putos agobios. No desaparecen y recuerdan que la vida hay que sufrirla para que en pequeñas circunstancias podamos disfrutarla. Se supone que es así. Pero anoche lo veía todo de color negro, incapaz de hallar solución a lo que mi cuerpo estaba experimentando. Luego uno se despierta y ve las cosas con más claridad, aunque sumirse en tales historietas es un ejercicio autodestructivo. Me siento mal, también como persona.
Y luego está el asunto de la San Antón. El año pasado me la perdí porque un virus repentino me cogió cuando ya estaba ahí, en Jaén, tocando la calzada con las zapatillas y el atuendo. Un año después, volvemos a estar en este punto, aunque con más tiempo por delante. Espero que el sábado me respeten las condiciones físicas para llegar a meta, no ya empezarla. Supondría un duro revés para mí que fallara por segundo año consecutivo, más doloroso en 2026, pues la entrada anticipada para recoger el dorsal incluía finalizar la media maratón de Jaén. Que no es otra cosa que una pájara continuada en el tiempo a base de cuestas y cuestas. No he sufrido tanto para volver a quedarme a las puertas.
Y en esas estamos ahora, tumbado en el sofá a la espera de que poco a poco vayan desapareciendo las dolencias. La incertidumbre es una de las peores sensaciones. No sabes cuándo tendrás las certeza de volver a estar bien y salir a caminar más allá de la puerta del piso. Ser un humano funcional sin restricciones ni límites. Sin morir en el intento.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de N+.

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