Estaba sujetando una toalla blanca al hombro mientras bajaba las escaleras de una de las entradas a la playa de Las Canteras de Las Palmas de Gran Canaria, un escenario idílico que podría despertar las envidias de cualquier persona de no ser porque eran más allá de las cuatro de la mañana, hacía un viento de cojones y delante tenía un mamado en calzoncillos blancos dispuesto a cumplir la prueba 12+1 del embolado en el que le metimos: su despedida de soltero. Quizá fue por el océano Atlántico en el que tantas veces se ha bañado por tierras gallegas o porque había seis o siete orangutanes jaleándolo desde el balcón del paseo marítimo por lo que Javier Rodríguez Ruiz se introdujo en aquellas aguas envalentonadas como si se tratara de la rutina diaria y salió de tal marejada con una dignidad envidiable. Como andar por casa. A los pocos segundos, a la vez que se envolvía en la toalla, me confesó que no sentía nada. Ni frío ni poyas. Tengo por seguro que había dos factores que le aislaron de las temperaturas: los aplausos que escuchaba y los tropecientos Arehuuucas que le metimos entre pecho y espalda. Nadie puede escapar del producto local.
La escena se tradujo en un broche perfecto de un fin de semana especial entre una chavalería formada por varios hijos de puta. Si éramos siete acompañantes calculo que se reunieron siete hijos de puta. Siete contra uno decían las cuentas. Aun así, Javi pudo completar cada uno de los obstáculos que le colocamos en el camino desde que puso un pie en la isla. Aunque las pruebas comenzaron con antelación, cuando Koke confirmó su ausencia a la cita —con una interpretación convincente— y se agazapó con maestría a nuestra llegada al aeropuerto. Se suponía que la agonía del novio debía alargarse algo más en el tiempo, pero la angustia duró lo que tardó Javi en bajarse del Cabify y ver a la Bestia en un lateral. Hubiera sido menos cantoso que Álvaro se hubiera vestido con un chándal amarillo chillón con una mierda en la cabeza. El protagonista no habría sospechado en absoluto de él. Una vez dentro y, como no nos gusta que las cosas salgan bien, apuramos hasta los últimos minutos zampándonos la primera de las 37 hamburguesas de las próximas horas. Por suerte, Véktor salió por primera vez de su letargo para avisarnos de que el vuelo, adonde quiera que fuésemos, olía a last call que tiraba para atrás. Cogimos casi toda la comida —me dejé el puto Monster— y con prisas le tapamos los ojos para pasearlo por medio aeropuerto, a lo trofeo de "se mira, pero no te toca". Por suerte Lobato apareció de casualidad para el cameo de "yo pasaba por aquí y me perdí", a lo que acompañó una ruptura de corazón de Javi, que siempre creyó que él también subía al mismo avión. ¿Dónde está Lobato? Se quedó en Madrid, coño. Vino a saludar y se fue.
Con una hora menos en el cuerpo aterrizaron también las primeras sorpresas. Aitor e Iván llegaron junto con media plantilla del Balonmano Logroño y la otra media del Burgos, estos últimos con el autobús en las inmediaciones del aeropuerto como entrenamiento de lo que se vería al día siguiente. Nosotros cogimos otro, la guagua, hasta el hotel. Tras unos minutos de adaptación nos vestimos con nuestras mejores galas: las camisas hechas a medida, fieles retratos del susodicho para que nadie tuviera duda de que este grupo estaba compuesto únicamente de subnormales profundos. Uno, eso sí, estaba por encima del resto: le pusimos la peluca, una corbata y un sombrero de paja. Las bromas, a él. Al poco tiempo llegaron el resto de componentes: los emaníes, Antonio Diz y Lobato. Trío de época. Estábamos todos, incluidas las cervezas, y la segunda tanda de hamburguesas del día para cumplir con la filosofía Trump. Para ese momento en el ambiente se percibía un ligero sentimiento de unión por una causa común: chupitos. Nuestro primer contacto con el ron de la tierra se produjo poco después de escuchar una de las murgas de la noche del viernes. Servía cualquier cosa, una caseta de madera con pocas opciones para elegir, aunque una prevalecería sobre el resto por y para siempre. El Arehucas entró en nuestra garganta como supositorio en culo: duro y sin mirar atrás. Acordamos que lo próximo sería acompañarlo.
—Ponnos ocho Arehucas cola —enfatizamos nada más entrar en otro pub de puertas abiertas.
—¿Oro? —dijo el camarero.
—Lo que sea —respondí sin tener ni puta idea de lo que me había dicho.
Así comenzó una rueda de sucesos en la que los diversos exxxploradores nos adentramos en la aventura de buscar al verdadero "viajero" que aumentara los retos del prometido. Encontramos al correcto, sin duda alguna, pues incluso con las luces encendidas nos brindó un último cacharro y confirmamos el buen presagio de repetir al día siguiente. Tamaña lucha por sobrevivir hizo mella en algunos de los protagonistas de esta excursión y debieron retirarse. Otros —los más valientes— reunieron el arrojo suficiente para reconquistar selvas profundas y oscuras, incluso bajo tierra, para así inmortalizar el codiciado tesoro que muchos no descubrimos: el Jacky. Honor a quienes no tuvieron miedo de volver al hotel con algún principio de pandemia en sus adentros. No contentos con eso, Lobato, Aitor, Iván y Koke buscaron un nuevo veneno para sellar la noche como los indios. Ya lo hacían los indígenas: morir por ron miel. Me dieron a probar al día siguiente y sentí cómo los tambores de los guanches se abrían paso por mi garganta, propio de salvajes cuyo único objetivo es seguir haciendo hueco al Arehucas. Todos participaron en la previa del sábado en este ritual suicida. Esa botella del fondo del minibar confirmó todos los prejuicios que se ciernen sobre ella de un simple vistazo.
Esa misma mañana sabatina nos enfrentamos al reto de apretarnos en trajes de neopreno. La escena de ocho mastuerzos intentando embotarse podría formar parte sin reparos de Campeones en cualquier momento y el paseo posterior fue el deseo a cualquier enemigo promedio. Sol, arena, paso de tortuga y una resaca que sólo se curó viendo sargos y fulas negras por los arrecifes. Aunque sin acercarse mucho, que hay olas y nuestras capacidades locomotrices estaban limitadas. Un ratito después habíamos cambiado el agua salada por la clorada de la piscina en la azotea del hotel, cervezas y patatillas mediante. Es increíble cuánto podemos odiar la península con una meteorología así durante todo el año. No nos quedó otro remedió que chupar más sol camino del Estadio de Gran Canaria, lo que incluye torrarse en la grada naciente mientras observamos cómo la udé falla goles uno detrás de otro. A cada momento un trozo de nuestra apuesta se lo iba llevando el viento, con la connivencia de Jesé, que parece ser el que soplaba. Asumido que no era el día de los pío pío, concentramos nuestros esfuerzos en observar cómo el meta visitante se convertía en el héroe del partido. Bueno, por dos ocasiones mal contás en verdad.
Si nos habíamos comido un 0-0 de manual sólo significaba que lo mejor estaba por llegar, ya fuera haciendo aerobic o buscando un travelo entre la muchedumbre. De vuelta a la noche y con varios cubatas en mano y barriga, surgió la prueba que cambió el devenir del fin de semana. Iván, experto en graduaciones, puso a prueba la resistencia de Javi con un reto que era una locura sobre el papel y una demencia en la práctica. Cinco chupitos para el novio, dos de graduación baja, otro de media y otros dos de alta. Hay pruebas audiovisuales en las que se puede reconocer cada uno de los estados de los que fue objeto Javier mientras Diz cronometró el récord mundial de venirse arriba con cinco tragos seguidos. Fue una excelente decisión, sobre todo para los que observamos la transformación. Existían las mismas posibilidades de que cayera al suelo redondo que de salir por la puerta grande. Sucedió lo que tenía que pasar: todo el bar gritó el nombre de Javi al unísono. Con tal estado de euforia, volvimos a visitar al viajero. Nos abrió las puertas de nuevo con una simple ojeada a la lista. Pareció que siempre estuvimos inscritos en ella. No era para menos, nos gastamos la mayoría del bote en esa barra de madera que llevaba nuestro nombre. Por eso el gorila nos chocó la mano cuando nos fuimos: le habíamos pagado el sueldo.
Al salir de allí había dos opciones claras: kebab o playa. No le dejamos elegir a Javi, así que se fue directo al mar como bien mencionamos al inicio de este homenaje a su persona. Como recompensa a su valor fue recompensado con un bocata recalentado de pollo empanado, acorde a sus atributos. Me hubiera gustado darle un trago de mi cubalibre para que ese cemento pasara de no ser porque, después de acunarlo en mi regazo tela de tiempo, lo tiré al suelo sin la más mínima intención después de ir detrás de la tarjeta de la habitación. Ese charco adornará mi currículo por siempre. En aquella noche hubo muchos triunfadores y a mí me tocó el papel de vencido (por un vaso). Alguien se tenía que sacrificar. A la mañana siguiente, ya con el ánimo cambiado, día de despedidas, recordamos los motivos por los que organizamos este tipo de cosas. Y, ya en serio, volvimos a pedir cervezas. Así salieron mejor las ideas y las razones para recordar por qué estamos deseando que la boda llegue cuanto antes. Reunirnos, guardar recuerdos y poner en marcha la cuenta atrás para volver a ver a Javi feliz. No me quedó con otra cosa en mi cabeza.
Bueno sí, indispensable que haya Arehuuucas en la barra libre.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografías propias.




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