Cuando era más joven, mi padre me contaba historias de que en mi pueblo solían llamarlo el "gancha de oro" cuando jugaba al ping-pong porque muchos a los que le derrotaba utilizaban la excusa más antigua de siempre: qué suerte. Por lo visto, el término "gancha" hacía referencia a esa mística habilidad por la que los astros le sonríen a uno, es decir, la fortuna, que siempre se le atribuye a los mismos. Normalmente a los ganadores. No puedo hablar por lo que sucedía en las edades joviales de mi padre ni me encuentro en circunstancias de aludir a su veracidad. Podría preguntar a mi madre, quien al parecer lo observaba de incógnito en esa época, aunque dudo de que pueda ofrecerme un relato cercano a la técnica de juego.
El viernes pasado me desperté a las 7 de la mañana para ir a trabajar y las notificaciones de mi teléfono móvil indicaban que Carlos Alcaraz vencía por dos sets a cero al alemán Zverev durante la primera semifinal del Open de Australia de tenis. Me fui a duchar tranquilamente y a desayunar, con la normalidad de cada día, sin pensar que justo al coger el abrigo otro mensaje me indicaba que el murciano tenía calambres e incluso había vomitado. También perdió la tercera manga. Esto ya era un poquito más chungo. Pensé que no estaba todo decantado y cogí el paraguas para irme a la oficina. A mi llegada y tras hacer un par de gestiones, el germano había empatado el asunto y estaba a punto de comenzar el quinto acto de la ronda. Bueno, la cosa se estaba poniendo seria.
Cuando uno lleva tantos años viendo tenis empieza a identificar ciertas sensaciones, gestos y estados anímicos por los que los protagonistas transitan. Los españoles, para mayor gracia, estamos acostumbrados a que la inmensa mayoría de los tenistas nacionales suelen desplegar una resistencia fuera de lo usual. Son guerreros que no dan una bola por perdida: háblese de Nadal, Ferrer o el propio Alcaraz. Incluso así, la mente humana tiende a ponerse en el peor de los escenarios, cuando la lógica señala que lo previsible es hincar la rodilla. Con mayor razón cuando Zverev rompe el servicio de su rival a las primeras de cambio. Parecía que Carlitos había vaciado el tanque: se apoyaba en la raqueta cuando se veía al borde de devolverle la rotura, consciente de que quizá esta vez la gesta —que es habitual— no sería contada en los libros.
Pero no. En su última oportunidad le devolvió la maniobra y cogió la carrerilla suficiente como para llevarse el partido. La suerte, supongo, que siempre toca a los mismos. De manera inevitable —salvando las distancias— recordó al 4% de posibilidades que el propio torneo (la Big Data) le concedió a Rafael Nadal hace cuatro años en el momento que perdió dos sets ante el ruso Medmédev con bola de break en contra. No sorprendió que los dos se enfocaran hacia el mismo camino: la victoria. Ahí ganó Alcaraz su primer Abierto de Australia a pesar de que el último paso tenía el nombre del tenista más ganador de la existencia: Novak Djokovic.
Esta mañana se ha resuelto el campeonato a favor del español, que de nuevo debió resistir un inicio fulgurante del serbio hasta que la final tomó la temperatura necesaria de las hazañas: convertirse en el tenista más joven en ganar los cuatro Grand Slams disponibles. Lo llamativo de todo esto es que normalizamos este tipo de actuaciones que pocos hombres son capaces de protagonizar, la de desafiar estadísticas palmarias. Será por el Garfia de oro.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de ATP.

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