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lunes, 16 de febrero de 2026

Una historia interminable

No voy a mentir, antes de empezar este texto he buscado si alguna vez en mi vida escribí algo sobre Westworld. Recuerdo que, antes de abandonar la serie tras la conclusión de su segunda temporada, había pegado fuerte en un mundo que ya estaba acostumbrado a consumir compulsivamente en plataformas. Era habitual hablar con tus conocidos sobre qué estaban viendo en ese momento, así que no es extraño pensar que la del parque temático del oeste era una que había marcado a unos cuantos, entre los que me incluyo.

No he encontrado nada de la época, ni siquiera una pincelada de lo que me supusieron esos primeros capítulos de contextualización de su universo. Me hubiera encantado conocer a mi yo anterior, remover su opinión y compararla con la mía. No ha sido posible, por lo que me he tenido que contentar con lo que escribieron otros para así cerciorarme de si soy lerdo o el único que no se enteró de una puta mierda de lo que ocurre en Westworld. Leer algunas cosas me tranquilizó No me quería sentir como un estúpido espectador de capítulos, aunque tampoco puedo dar portazo a que las pretensiones de algunas series son, por decirlo de alguna forma, de alta autoestima. Como Melody cuando volvió de Eurovisión.

Por si no ha quedado claro, hubo una etapa de mi vida en la que me entusiasmé con Westworld. Existen algunos escenarios de ciencia ficción —no todos— que me atraen y esta premisa me sonaba entretenida. Vi las dos temporadas y, como muchas veces he contado, vine a Madrid y se detuvo la afición por las series durante bastantes meses. Hace unas semanas, quizá a raíz de Godless, se me vino a la cabeza la idea de recuperarla. Lo que tienen los recuerdos es que edulcoran los tiempos pasados, nos meten tal atracón de azúcar que borramos el aburrimiento que nos hicieron pasar. Varios años después, acabé la tercera y la cuarta temporada de la serie, que tras hacerme brotar los motivos que quizá me hicieron dejarla, también me pusieron sobre la mesa los que tuvo HBO para cancelarla definitivamente.

La serie sobreviviría con mayor entereza sin que la inmensa mayoría de los diálogos fueran recibos existenciales de la conciencia —robótica o humana— de los protagonistas, que sin duda salpican en una audiencia que sabe interpretar a la perfección el momento en el que viene el tostón de discurso. Momento de desconectar y esperar a que termine, cuando quizá haya una mínima posibilidad de que ocurra algo. Esta desidia, a la vez, es su razón de ser, pues Dolores no sería nadie si no sopesara tal decisión y convirtiera el argumento en una cebolla con tantas capas que es imposible pelarla. En la tercera entrega todavía es posible echarle el diente, pero en la cuarta son varios los momentos en los que me sentí como "¿Qué hago aquí? No entiendo nada".

Está bien como entretenimiento, pero no es una de esas series que puedas poner de fondo mientras limpias la cocina o esperas que las habichuelas estén listas. No. Incluso si prestas atención entras en el riesgo de quedarte igual (de confuso). Sin embargo, no disgusta verla porque han metido tanta pasta que era casi imposible que les saliera una criatura fea, lo que ayuda a que el bocado no quede ahogadizo. Es una de esas series que recomendaría porque es una experiencia distinta, no una más, a pesar de que a veces parezca interminable.

Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de Entertainment Weekly.

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