Podría empezar diciendo que no me veía corriendo tantos kilómetros en tan poco espacio de tiempo, que la cabeza se me pusiera a hacer volteretas para agarrarte por los tobillos era una probable ensoñación o que tener la garganta con tanto movimiento como Nuevos Ministerios era algo que no me imaginaba cuando hace casi tres años —creo— me puse a runnear poco a poco. Pero lo cierto es que yo sí que me veía cumpliendo los objetivos porque siempre me he percibido como una persona disciplinada. No me voy a inventar que mi experiencia era imposible ni adornarla con edulcorantes de cartón piedra. Lo que no sabía era ni el cuándo ni cómo lo iba a hacer, sin que esto sea para nada heroico, tan sólo un reflejo frente al espejo.
¿De qué coño está hablando el flipao' este?, te habrás preguntado. O no. Da igual, lo voy a contar para no acabar el texto aquí. Resulta que llevo dos domingos corriendo medias maratones en Madrid. No es que me lo propusiera como objetivo, la cosa se puso así, frente a mí, y me animé. Surgió, como se dice ahora, para evitar dar más explicaciones de las debidas. Hace dos semanas sólo había corrido una, la de Jaén, y dos semanas después, ya cuento tres. Si me quiero poner exquisito, escribiré que lo he triplicado; si me quiero poner humilde, que no tiene tanto mérito —opción correcta— y, si me quiero poner realista, diré que estoy bastante satisfecho. Esto último es lo que más me gusta.
Primero, no porque sea lo más importante, diré que sin duda alguna una de las motivaciones que a mí me lanzan a meterme en las carreras es superarme. Otra vez mentiría si escondiera el carácter competitivo que necesito, con la diferencia de que no me fijo en los demás —porque me destrozan— más que en mí, el verdadero epicentro de todo esto. Me quiero superar a mí, a mi yo anterior. De momento, lo consigo, pues en términos puramente numéricos se puede decir que voy "a mejor", no se puede negar. Punto dos, me he dado cuenta de que me conozco más. Puede sonar a patochada de chicle de fresa, fanfarronería y consuelo, cierto, aunque no hay nada que me niegue que enfrentarse a distintas situaciones le supone a uno un proceso de aprendizaje.
Por poner un ejemplo, en el XLI Medio Maratón Fuencarral-El Pardo, aproximadamente en el kilómetro 15, me cagué encima. Literalmente. Justo cuando el ascenso más pronunciado de la carrera se asomaba, ergo, la parte más difícil tras un rato moviendo las piernas en las que el estómago ya me había dado aviso cuatro o cinco veces, tuve que descargar lastre en las calzonas —afortunadamente— largas. Nadie vio nada y eso no evita que mis sospechas apuntaran a que habrá quien lo olió. En ese momento, con seis kilómetros cuesta arriba por delante, mi mente estaba puesto en que no me explotara el esfínter. Aguanté, con ciertas pérdidas conscientes por el camino, pero llegué a la meta con una pasta abrazando mi culo. Llegué. Aquello me enseñó que podía obviar y superar la voz que me insistía en abandonar porque, para qué sufrir de forma tan humillante. Y hoy pienso, si hubiera osado a pararme en tal rampa del demonio y detengo el reloj, la mierda hubiera seguido pegada a mi ano.
Así que sí, me conocí y me superé. También aprendí a que a mi cuerpo no le viene bien tomarse un café con leche antes de la carrera. Friendly reminder. Jamás volverá a ocurrir. No sucedió una semana después, esta vez en la Media Maratón de Latina al domingo siguiente. Me tomé dos barritas de avena y miel, bien compactadas, un plátano y un vaso de Aquarius para bajar el asunto con la incertidumbre de si este remedio iba a ser suficiente para que no me regurgitaran las heces de nuevo. No se lo recomiendo a nadie. Quien me conoce sabe que me suelto con frecuencia cada día, unas dos mínimo, por lo que meterme un push a los muñecos de barro no es lo más recomendable si voy a estar una hora y media dando botes.
En Fuencarral mi reloj no registró los 21.097 metros reglamentarios (se quedó en 21.040) y Strava rechazara mi carrera por debajo de 90 minutos no me importó, ya tenía problemas más importantes de los que preocuparme. En Jaén me pasó lo mismo, la organización no previó que el circuito siquiera alcanzara los 21 kilómetros —se quedó a 700 metros de lo prometido— y llegar a meta, lejos de suponerme un éxito, que lo fue, me sumió en una decepción transitoria por la fatiga acumulada para que mi marca no quedara totalmente por escrito. Como si me fallara a mí mismo. Dos problemas de gestión mental que, sin embargo, intenté digerir de una forma deportiva. El esfuerzo ha valido la pena, supongo, y me puse a sentirme orgulloso de lo que había hecho sin pensar en los minuticos. Todo fachada, sería hipócrita si no os dijera que me jodió tela. Las cosas como son, coño.
Sentí que una oportunidad se había ido por el mismo lugar que mis sedimentos en aquel policlin: al garete. Esto nos lleva, si me habéis permitido este paréntesis necesario, al tercer punto, la gestión. Puedo hablar de varias: la mental y la física. La física es evidente, conoce tu cuerpo y no hagas gilipolleces, gilipollas. Pin para mí. La mental es muy importante, sobre todo porque se trata de la más duradera. Te va a acompañar toda la prueba. Convivir con ella es duro, difícil y sano. En Aluche no tenía tan buenas sensaciones por la mañana, quizá porque la alimentación durante la semana no había sido la más óptima, por lo que intenté engañar a mi cabeza con falsas promesas de que nos íbamos a dejar ir, como si correr una media maratón, aunque fuera lenta, fuera sencillo. Spoiler: ni quería ir lento ni se me fue en ningún momento la idea de hacer mi marca personal. Tampoco voy a mentir si os digo que esto no lo sé hasta que empiezo a correr. Vamos, que no quiero quedar de embustero. Juro que digo la verdad de igual forma que os confieso que lo que más me gusta de una carrera es...terminarla.
Os admito en esta misma línea que en el recorrido de Latina no me lo hice encima y con tremendo orgullo recorrí los últimos kilómetros con la ilusión de que algo bueno estaba pasando. Por tiempo y por sensaciones. Llegar a la meta fue la constatación de que así era a pesar de que tuve que recorrer más de 100 metros adicionales por la pista de atletismo para que el dichoso reloj, esta vez sí, me registrara los putos 21.097 metros. Me quedé más tranquilo así, para qué os voy a engañar. Tuve que volver a por la medalla porque les dije que tenía que seguir. No me vuelve a pasar más.
Y seguro que podría seguir enumerando beneficios de esta práctica, pero en estos momentos son los que me vienen a la cabeza y no vamos a forzar más. Estos dos fines de semana me han servido de ayuda y de certeza sobre algo: dos medias maratones no hacen una entera. Me queda bastante para enfrentarme a uno de los mayores retos que, si alguna vez sucede, será relatado en estas líneas con pelos, señales y puede que caquita.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografías varias del Medio Maratón Fuencarral-El Pardo y de la Media Maratón de Latina.



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