Hay ciertos planes que necesiten menos explicación que el de "casilla rural". Cada grupo de personas, familia o amigos, cada cierto tiempo, necesita una escapada de está índole, algo bucólica, para depurarse a sí mismo. Al grupo, digo. Esta autolimpieza puede acabar muy bien o muy mal, ya que nos puede llenar el corazón o acabar con todos peleados entre sí. En el caso de mis amigos entra otra variable que también es incómoda: terminar apestados. No obstante, es curioso que lo que se presupone como un ejercicio de purificación mental, escapar del estrés propio del día a día, toque el otro extremo en el plano alimenticio. Esto significa, en el argot propio, comer hasta reventar.
La barbacoa es el epicentro de cualquier buen fin de semana de casilla rural. Lo lógico es que este tipo de estancias sea en chalés o alojamientos independientes. Sin embargo, este año hemos descubierto una nueva variable, la de la casa adosada, que nos convencido por completo. Terminamos cerciorándonos de que, una vez dentro de todas las paredes, poco se nota estar en mitad del campo. En cuanto pusimos un pie en la estancia descubrimos que toda carencia que nos imaginábamos era infundada. La realidad siempre supera a la ficción y no le faltaba detalle al asunto, con una mezcolanza de modernidad y tradición que nos ganó desde el primer segundo. Lo demás, lo de la bebida y los juegos de mesa, corría por nuestra cuenta.
Es evidente que estos días suponen un parto de experiencias juntos, aquellos que se quedan en la retina y que promueven recuerdos. Si de una boda surge otra boda, de una casilla rural surgen anécdotas que se contarán en otra casa rural, sobre todo los relacionados con ejercicios de asfixia colectiva, normalmente malolientes. Por suerte, nuestro cerebro suele borrar las malas experiencias para reírse de las buenas, que son las que a uno se le pasan por la cabeza en el viaje de vuelta, con el cielo rosado y el sol cayendo, esperando la siguiente junta de todos.
Después de tantos años, he de decir, siempre hay algo de lo que sorprenderse. Será la edad o que no estoy del todo bien rodeado, y esto se nota cuando tienes a ocho treintañeros sentados en el sofá y gritando "plato" o "pato" al ritmo de no sé qué música adictiva. Al final de cada vídeo era imposible reprimirse: "Pon otro". Hubo tiempo para todo, incluso para organizar una ruta senderista por Despeñaperros, además tenemos la virtud de ponernos de acuerdo en poco tiempo. Un par de comentarios y ya estaría organizado. Six seven.
Por qué va uno a la Naturaleza si no es para respirarla. Creo que todos estamos en esa misma línea. También que nos encanta hablarnos —incluso mal—, picarnos mutuamente y llevarnos al límite, cosa que de lo contrario me haría desconfiar. No seríamos tan amigos. Sospecharía. A pesar de todo, son esos momentos lo que activan de nuevo el contador de la próxima vez. Supongo que eso es querernos.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía propia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario