Esta semana ha tenido lugar otra de esas clásicas subidas en estas tesituras: los combustibles. Desde principios de semana a finales hemos comprobado cómo el precio del litro se ha encarecido hasta 30 o más céntimos con total impunidad. ¿Podemos hacer algo? No, por eso la desprotección que siente el ciudadano, que somos todos los que necesitamos trabajar, se convierte en una desazón tan grande que a uno le dan ganas de abandonar la experiencia de ser adulto. Hacemos el tonto. Somos marionetas. Simples muñecos que sirven de experimento de los líderes políticos. La mayoría, como mínimo. Uno mira la manera de ahorrar, con tarjetas de fidelidad en las estaciones de servicio, con viajes en BlaBlaCar para ahorrar combustible o compartiendo coche para ir al trabajo hasta que viene un mazazo que te vuelca la cara, el cuerpo y la cartera. Acompañada de la consecuente desesperación de no poder hacer nada, obviamente. Cara de tonto.
La gasolina es el ejemplo más claro por los recientes acontecimientos entre Estados Unidos, Israel e Irán, pero hay muchos otros ejemplos de que muchas empresas, sin lanzar bombas, son los mayores beneficiarios de los conflictos bélicos. No es suficiente triste el caos en las vidas de las personas afectadas, la muerte, la barbarie, que sacan rédito de la ruina de miles de personas. Perfecta descripción de personas sin alma. Vamos a por otro ejemplo: guerra de Ucrania. Por lo visto, hay mucho trigo por allá, los transportes se jodieron y ¡pum! ¡Chocapic! Los supermercados en el resto del mundo multiplicaron los precios de todos sus productos. En solidaridad con el pueblo ucraniano, supongo, pues los beneficios que de allí sumaron fueron destinados a ayuda humanitaria. ¿O no?
Al margen, imagino que la mayoría de vosotros habréis escuchado las tradicionales noticias de las subidas de luz y gas, justo cuando menos se asoma el sol y el frío más arrecia. Más solidaridad. Por eso empecé este texto haciendo mención a los pequeños detalles que en el día a día no esperamos, vetustos resquicios que un día soñamos durante la pandemia y que, sorpresa, duraron tanto como poner un pie en la calle sin mascarilla. Son la excepción a la norma. Pero habrá que seguir viviendo.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de RTVE.

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