A veces vengo aquí preguntándome que si hay alguien al otro lado pensará que esta forma de desahogo es infantil y quizá tiene razón, pero si me ayuda, buena es. Se trata de un pequeño rincón en el que vengo a vomitar lo que se me pasa por la cabeza y, efectivamente, muchas de esas veces lo que sale de mi cuerpo son estupideces. Otras, las menos, pueden servir de orientación para que otros identifiquen ciertas situaciones o las tomen como referencias en su día a día. No como lo mejor que pueden hacer, sino como algo más. De eso se trata la empatía, al fin y al cabo. Yo aprendo de ti y, con suerte, tú de mí.
Aunque esta filosofía choca de frente con el asunto a tratar en el día de hoy: me he hecho un esguince (aparentemente). Mientras escribo estas líneas debería estar corriendo por la Casa de Campo madrileña una prueba de 16,5 kilómetros entre ambientes campestres, atletas locos de la cabeza y un nuevo reto para mi cabeza en su lucha por creer que puedo ser el mismo (o el de las mismas patas). En cambio, estoy viendo por la ventana cómo llueve con la esperanza de que la cita se cancelara por mal tiempo —va a ser que no— y así reducir la frustración que me ha jodido el domingo. Aquí viene la parte en la que soy un niño chico y pataleo porque no puedo salir a jugar.
Aquí, aquí mismo.
Como suelen suceder la mayoría de gilipolleces, ocurren a última hora. Ya sabéis que hace un mes estuve otro mes parado por culpa de una lesión del tendón de Aquiles e inicié un proceso de recuperación para intentar participar en la media maratón de Madrid (la del rock 'n' roll), cosa que conseguí contra todo pronósticos de traumatólogo y fisioterapeuta, quienes probablemente pensaran que era un humano promedio. No tenían razón, estoy por debajo de la media, ya que soy capaz de sobrevalorar mis capacidades y creer que con 33 años todavía puedo llegar a todo hasta que la realidad te pega una guantá que te deja con la lágrima cayendo por la mejilla.
He estado entrenando bien, volviendo a mis ritmos de manera progresiva, y acepté participar en uno de esos partidillos entre colegas en los que no crees que pueda pasar nada. Ganamos, sí, y cuando faltaban cinco minutos mi tobillo derecho se giró porque apoyé la punta en el césped y se terminó por doblar hacia afuera por respeto a mi tibial posterior —tendré que dar las gracias— para a continuación notar un crujido por ahí abajo. Me dolió, me caí y me retiré. Supongo que al estar acostumbrado al movimiento lineal de la carrera mi cuerpo se oxida con otras flexiones. El caso es que aun fuera del campo mi cabeza pensaba que no iba a ser más allá de un lance pasajero. Pues no, me enfrié, me duché, fue al supermercado y me cagué en todo lo que pude. Me dolía.
Esta mañana me he despertado con la remota esperanza de que todo hubiera sido una maquiavélica estrategia de mi cabeza. Otro error: ya girando el tobillo entre las sábanas notaba que no iba a poder apoyar con normalidad, circunstancia que comprobé en cuanto saqué los pies de la cama. Adiós a la carrera, qué se le va a hacer, ya somos mayorcitos para digerir los reveses del destino. O eso se supone que debería hacer, por eso estoy aquí escribiendo, es lo que hay. Ahora me miro el hielo que tengo puesto en el tobillo y me consuelo con que he tomado la decisión correcta. No soy un superhéroe capaz de superar cualquier adversidad. Tampoco podría tirar de épica hoy. Como en aquella primera carrera de San Antón en la que un virus me apartó de mover las piernas, esta vez volvemos a la casilla del deportista. Otra prueba más.
Mi Twitter: @Ninozurich
*Fotografía tomada de Higea Salud Integral.

No hay comentarios:
Publicar un comentario